Skip to main content

Full text of "Por los tiempos de Clemente Colling"

See other formats


Por los tiempos de' 
Clemente Collin^ 


Felisberto Hernández 


Edición Dominio Público 



Por los tiempos de Clemente Colling 

Felisberto Hernández 


EDICIÓN DOMINIO PÚBLICO 


/^Creative 

^commons 

Uruguay 



y¡ 1- 


La Fundación Felisberto Hernández ha revisado los textos 
contenidos en la presente edición. 

La portada de esta edición ha sido creada por Creative Commons 
Uruguay. 

Los textos han sido publicados en Wikisource . 


) PUBLIC 
DOMAIN 


Esta ohra, creada por Felisberto Hernández, identificada por la 
Fundación Felisberto Hernández y Creative Commons Uruguay , 
integra el dominio público en Uruguay desde el 1 de enero de 2015, y 
por tanto está libre de restricciones de derechos de autor. 



PUBLIC 

DOMAIN 


En todo lo que habilita la legislación vigente, Creative Commons 
Uruguay ha renunciado a todos los derechos de autor relativos a la 
portada y a cualquier otro elemento de la presente edición. Esta obra 
ha sido publicada en Uruguay. 




Por los tiempos de Clemente Colling 


No sé bien por qué quieren entrar en la historia de Colling, ciertos 
recuerdos. No parece que tuvieran mucho que ver con él. La relación 
que tuvo esa época de mi niñez y la familia por quien conocí a 
Colling, no son tan importantes en este asunto como para justificar 
su intervención. La lógica de la ilación sería muy débil. Por algo que 
yo no comprendo, esos recuerdos acuden a este relato. Y como 
insisten, he preferido atenderlos. 

Además tendré que escribir muchas cosas sobre las cuales sé 
poco; y hasta me parece que la impenetrabilidad es una cualidad 
intrínseca de ellas; tal vez cuando creemos saberlas, dejamos de 
saber que las ignoramos; porque la existencia de ellas es, acaso, 
fatalmente oscura: y ésa debe ser una de sus cualidades. 

Pero no creo que solamente deba escribir lo que sé, sino también 
lo otro. 

Los recuerdos vienen, pero no se quedan quietos. Y además recla- 
man la atención algunos muy tontos. Y todavía no sé si a pesar de ser 
pueriles tienen alguna relación importante con otros recuerdos; o 
qué significados o qué reflejos se cambian entre ellos. Algunos 
parece que protestaran contra la selección que de ellos pretende 
hacer la inteligencia. Y entonces reaparecen sorpresivamente, como 
pidiendo significaciones nuevas, o haciendo nuevas y fugaces burlas, 
o intencionando todo de otra manera. 


4 



Los tranvías que van por la calle Suárez -y que tan pronto los veo 
yendo sentado en sus asientos de paja como mirándolos desde la 
vereda- son rojos y blancos, con un blanco amarillento. Hace poeo 
volví a pasar por aquellos lugares. Antes de llegar a la curva que haee 
el 42 euando va por Asencío y da vuelta para tomar Suárez, vi brillar 
al sol, eomo antes, los rieles. Después, euando el tranvía va por 
encima de ellos, hacen chillar las ruedas con un ruido ensordecedor. 
-Pero en el reeuerdo, ese ruido es disminuido, agradable, y a su vez 
llama a otros recuerdos-. También va junto eon la eurva, un eerco: y 
ese cerco da vueltas alrededor de una glorieta cubierta de 
enredaderas de glicinas. 

En aquellos lugares hay muchas quintas. En Suárez easi no habia 
otra cosa. Ahora, muchas están fragmentadas. Los tiempos 
modernos, los mismos en que anduve por otras partes, y mientras yo 
iba siendo, de alguna manera, otra persona, rompieron aquellas 
quintas, mataron muehos árboles y construyeron muchas casas 
pequeñas, nuevas y ya sucias, mezquinas, negocios amontonados, que 
amontonaban pequeñas mercaderías en sus puertas. A una gran 
quinta señorial, un remate le ha dado un caprichoso mordisco, un 
pequeño tarascón cuadrado en uno de sus lados y la ha dejado 
dolorosamente incomprensible. El nuevo dueño se ha encargado de 
que aquel pequeño cuadrado parezca un remiendo chillón, con una 
casita moderna que despide a los ojos desproporciones antipáticas, 
pesadas y pretensiosas. Y ridieuliza la bella majestad ofendida y 
humillada que conserva la mansión que hay en el fondo, tan parecida 
a las que veía los domingos, cuando iba al Biógrafo Olivos -que era el 
que quedaba más cerca- y en la época de la pubertad y cuando aquel 
estilo de easas era joven; y desde su entrada se desparramaba y se 
abria como cola de novia una gran escalinata, cuyos bordes se 
desenrollaban haeia el lado de afuera y al final quedaba mucho borde 
enrollado y eneima le plantaban una maceta eon o sin plantas -con 


5 



preferencia plantas de hojas largas que se doblaran en derredor. Y al 
pie de aquella escalinata empezaba a subir, larga y lánguidamente, la 
Borelli o la Bertini. ¡Y todo lo que hadan mientras subían un escalón! 
Hoy pensaríamos que habían sido tomadas con “ralentisseur”; pero 
en aquellos días yo pensaba que aquella cantidad de movimientos, 
esparcidos en aquella cantidad de tiempo, con tanto significado y tan 
oculto para mi mente casi infantil, debía corresponder al secreto de 
adultos muy inteligentes. Y deseaba ser mayor para comprenderlo: 
aspiraba a comprender lo que ya empezaba a sentir con perezosa y 
oscura angustia. Era algo encubierto por aquellos movimientos, bajo 
una dignidad demasiado seria que, tal vez únicamente, podría 
profanarse con el mismo arte tan superior como el que ella 
empleaba. -Yo ya pensaba en profanarla-. Tal vez se llegara a ella, en 
un esfuerzo tan grande de la inteligencia, en un vuelo tan alto, como 
el de las abejas cuando persiguen a su reina. 

Mientras tanto, un largo vestido cubría a la mujer, con escalinata y 
todo. 

Pero volvamos al trayecto del 42. 

Después que el tranvía pasó, precisamente, por delante del 
terrenito -remiendo de la mansión señorial-, me quedó un momento 
en los ojos, con gran precisión, el balanceo de dos grandes palmeras 
que sobresalían por detrás de la casita -mamarracho- moderna. Y 
repasando esa fugaz visión de las palmeras, las reconocí y recordé la 
posición que tenían antes, cuando yo era niño y la quinta no tenía 
remiendo. ¡Un literato de aquel tiempo que las hubiera visto ahora 
detrás de aquella casita, habría escrito!... Y la pareja de viejas 
palmeras, movían significativamente sus grandes y melenudas 
cabezas lacias, como si fueran dos viejos y fieles servidores que 
comentaran la desgracia de sus amos venidos a menos. Y esta 
reflexión me vino, recordando cómo significaban la vida las personas 
de aquel tiempo. Y cómo la reflejaban en su arte, o cómo eran sus 


6 



predilecciones artísticas. (Pero ahora, en este momento, no quiero 
engolfarme en esas reflexiones: quiero seguir en el 42.) 

Después, un inmenso y horrible letrero me llamó los ojos. (No 
digo cuál es para no seguir haciéndole la propaganda al dueño. ¿Y si 
me pagara, lo haría? Y seguían apareciendo pensamientos como 
estos: ¿no habría sido un hijo de aquella mansión señorial el que 
vendió aquel pedazo de la quinta para pagar una deuda vergonzosa?) 

Tenía tristeza y pesimismo. Pensaba en muchas cosas nuevas y en 
la insolencia con que irrumpían algunas de ellas. Alguien me hacía la 
propaganda del sentimiento de lo nuevo -y de todo lo nuevo- como 
fatalidad maravillosa del ser humano; y me hablaba 
precipitadamente, concediéndome un instante de burla e ironía para 
mis viejos afectos. 

Como él estaba apurado, daba vuelta enseguida a su antipática 
cabeza y se llevaba toda su persona para otro lado. Pero me dejaba 
algo grisáceo en la tristeza y me la desprestigiaba; me hacía 
desconfiar hasta de la dignidad de mi propia tristeza; y la ensuciaba 
con una sustancia nueva, desconocida, inesperadamente 
desagradable, como el gusto extraño que de pronto sentimos en un 
alimento adulterado. 

Sin embargo, hay lugares de pocas “modificaciones” en las 
quintas; y se puede sentir a gusto, por unos instantes, la tristeza. 
Entonces, los recuerdos empiezan a bajar lentamente, de las telas que 
han hecho en los rincones predilectos de la infancia. 

Una vez, hace mucho tiempo, recordé aquellos recuerdos, del 
brazo de una novia. Y esta última vez, salía de una de aquellas casas 
un niño sucio llorando. Ahora empiezo a pensar en el derecho a la 
vida que tienen algunas cosas nuevas y a sentir una nueva 
predisposición. (A lo mejor exagero, y la predisposición a encontrar 
bueno todo lo nuevo se extiende y cubre todas las cosas, como le 


7 



ocurría al propagandista. Y entonces, basta tener un poco de buena 
predisposición y ya encontramos servidas mil teorías para justificar 
cualquier cosa. Y podemos cambiar, además, muy fácilmente de 
motivos a justificar, por más contradictorios que sean; pues hay 
teorías con sugestión exótica, con misterio sugerente, con génesis 
naturalista, con profundidad filosófica, etc.) 

Ahora recuerdo un lugar por el cual pasa el 42 a toda velocidad. 
Es cuando cruza la calle Gil. Una de sus larguísimas veredas me da en 
los ojos un cimbronazo giratorio. En esa misma vereda, cuando yo 
tenía unos ocho años, se me cayó una botella de vino; yo junté los 
pedazos y los llevé a casa, que quedaba a una cuadra. En casa se 
rieron mucho y me preguntaron para qué la había llevado, qué iba a 
hacer con ella. Este sentido lógico era muy difícil para mí -todavía lo 
es- porque ni siquiera la llevé para comprobar que la había roto, 
puesto que me habrían creído lo mismo. En una palabra, no sé si la 
llevé para que la vieran o para qué. 

Si volvemos de donde era mi casa que quedaba en la calle Gil y 
caminamos en dirección a Suárez, antes de llegar a la esquina 
pasaremos por un cerco de ladrillo que está muy viejo, negruzco y 
con musgo de muchos verdes. Una persona mayor verá por encima 
del cerco -yo, para ver, daba saltitos- pavos entre algunos árboles y 
un gallinero de tejido de alambre blanqueado. Una vez hicieron allí 
un pozo muy hondo, al que bajaba a leer un loco que no quería sentir 
ruidos. Siguiendo por la vereda nos encontraremos con la casa de la 
esquina, que tiene muchas ventanas que dan a la calle Gil. Pero la 
última ventana, antes de llegar a Suárez, es pintada en el muro. Y 
detrás de la ventana pintada estaba la pieza donde vivía el loco. A mí 
me costaba pensar en algo terrorífico, porque entre los barrotes 
pintados, había pintado también un color azul de cielo, y aquella 
ventana no me sugería nada grave. Sin embargo el loco estuvo por 
matar con un hacha a la madre, que era paralítica y siempre estaba 


8 



sentada en un sillón. Afortunadamente acudieron las tres hijas. Y 
después el loco pasaba algún tiempo recluido y otro tiempo con ellas. 
Era una persona delicadísima, culta y afable. Una vez me dio un ratón 
de chocolate y yo le miraba agradecido la pera corta y peinada en 
dos. ¡Pero ellas! ¡Qué noblemente ideales eran! Por esas tres longevas 
yo alcancé a darle la mano a una gran parte del siglo pasado. No sería 
muy difícil, hojeando revistas de aquel tiempo, encontrar un 
dibujante “original” que hubiera dibujado un cigarrillo echando 
humo y que del humo saliera una silueta como la de ellas. La cintura 
lo más angosta que fuera posible, el busto amplio, el cuello encerrado 
entre ballenas pequeñas que sujetaban el tejido blanco. -En aquel 
tiempo mi atención se detenía en las cosas colocadas al sesgo; y en 
aquella casa había muchas: los cuadros blanqueados del alambre del 
gallinero, los cuadritos blancos del tejido del cuello sujeto por 
ballenas, el piso del patio de grandes losas blancas y negras y los 
almohadones de las camas-. Después, encima de la cabeza otra gran 
amplitud, como un gran sombrero, pero este montón estaba hecho 
con el mismo pelo que salía de la cabeza -o mitad pelo propio y 
mitad pelo comprado; el seno también solía ser de medio y medio. 
Encima del pelo iba el verdadero sombrero, generalmente inmenso; y 
encima del sombrero, plumas -como las del pavo del fondo, o de 
otras aves, creo que nunca de gallina, a no ser que fueran teñidas. Los 
sombreros también solían cargar frutas, creo que uvas, y eran sujetas 
con pinchos larguísimos que tenían una gran cabeza de metal o 
piedras vistosas o carey. Los pinchos cruzaban todo el peinado, el 
sombrero -con flores, frutas o lo que fuera- y volvían a aparecer del 
otro lado sobrándoles largos pedazos que terminaban en puntas 
agresivas. Desde el ala del sombrero hasta el cuello, y a manera de 
mosquitero, un tul muy estirado, que dejaba tras él y en penumbra 
provocadora y atrayente, la cara, que a su vez estaba cubierta de 
polvos. Ese conjunto era una aparición fantástica, en la que el 


9 



espectador podía detener un buen rato su contemplación. Una vez, 
cuando niño, me puse uno de esos escaparates con mosquitero y todo 
y al caminar recordaba un viaje hecho en cupé desde el cual y a 
través de las cortinillas podía mirar sin ser visto. 

Una noche fuimos con mi madre a la casa de las tres longevas. En 
la media luz del zaguán pisábamos las grandes losas a cuadros 
blancos y negros. No había puerta cancel y se veían grandes plantas 
en la mitad del patio. Nos hacían pasar a una salita que recibía luz de 
la poca que había en la calle; pero de cuando en cuando pasaban por 
la penumbra los cuadros iluminados de las ventanillas del 42 al 
cruzar a toda velocidad. Éstas también pasaban un poco al sesgo 
cuando cruzaban el piso y muy al sesgo cuando subían a la pared. 
Cuando ellas conversaban, tenían tan franca y sincera camaradería, 
ponían tanta alegría en los cumplimientos, las voces de todas se 
juntaban y subían tanto, que no se pensaba en la penumbra, ni 
parecía que la hubiera. Además de vivir a oscuras, eran cegatonas. 
Una de ellas, la que según la conversación era la que cocinaba, se 
sentaba en el rincón más oscuro; apenas se le veía la cara, ovalada y 
pálida, con muchos lunares, como una papa mal pelada a la que se le 
vieran los puntos negros. Otra de ellas tenía la costumbre de pasarse 
con fuerza los puños por los pómulos para que le salieran colores - 
ésa era la que salía a hacer visitas. Las tres eran delgadísimas. Y me di 
cuenta que en casa tenían razón cuando decían que las tres -en los 
intervalos de la animada conversación y sobre todo cuando se reían- 
hacían un ruido fuertísimo al aspirar el aire por entre los dientes. 
Después me fijé que aquello era tan fuerte, que no lo cubría ni el 42 
cuando pasaba a toda velocidad. Pero yo no quería que me hubieran 
hecho observar aquello, porque después tenía que poner demasiada 
atención en eso y no podía seguir sintiendo otras cosas. Y a mí me 
gustaba ir y estar en aquella casa. 

En mi familia había una tía lejana de tanta edad como las longevas 


10 



e igualmente solterona. Y ésta llamaba a aquéllas “las del chistido”. A 
mí me daba mucho fastidio. Y no porque estuviera enamorado de 
alguna de ellas. -Aunque siempre me encontraba fuertemente 
predispuesto a enamorarme de cuanta maestra tenía y cuanta amiga 
de mamá venía a casa. Pero de las longevas no-. Igual que a mi 
madre, aquellas mujeres me inspiraban cariño por la nobleza de sus 
sentimientos y por la fruición con que gozaban el rato que pasaban 
con nosotros. Tal vez en esos momentos fueran tan felices porque en 
las demás horas de sus vidas tuvieran muchas ocupaciones, de esas 
extrañas, infinitas, que suelen tener las personas responsables; y 
muchos frenos morales y muchas penas. Aunque el chisfido fuera lo 
que más sobresalía, no quiere decir que debiera comentarse más que 
lo otro. Y sin contar que al nombrarlas así, se hacía una síntesis falsa 
de ellas; esa síntesis no incluía lo demás, sino que lo escondía un 
poco; y cuando uno pensaba en ellas, lo primero que aparecía en la 
memoria era el chistido y eso tenía un exceso de comentario. Yo me 
reía sin querer y después rabiaba. 

Muchos años después me di cuenta que quería rebelarme contra 
la injusticia de insistir demasiado en lo que más sobresalía, sin ser lo 
más importante. Y si podía sobreponerme a ese ruido que cierta 
crítica hace en algún lugar del pensamiento y que no deja sentir o no 
deja formarse otras ideas menos fáciles de concretar; si podía evitar 
el entregarme fácilmente a la comodidad de apoyarme en ciertas 
síntesis, de esas que se hacen sin tener previamente gran contenido, 
entonces me encontraba con un misterio que me provocaba otra 
calidad de interés por las cosas que ocurrían. Pero en aquel tiempo 
yo entraba en el misterio de aquellas mujeres, asombrado de que, si 
en las cosas que hablaban con mi madre demostraban agilidad, 
criterio, amplitud y sentido común para observar tantos hechos de 
los demás, ellas, y precisamente las tres, no percibieran otras cosas 
que a nosotros nos parecían tan fáciles de ver. Y no sólo me 


11 



sorprendía lo del chistido y la costumbre de pasarse los puños 
apretados por los pómulos. El misterio empezaba cuando se 
observaba cómo se mezclaban en el conjunto de cosas que ellas 
comprendían bien, otras que no correspondían a lo que estamos 
acostumbrados a encontrar en la realidad. Y esto provocaba una 
actitud de expectación: se esperaba que de un momento a otro, 
ocurriera algo extraño, algo de lo que ellas no sabían que estaba fuera 
de lo común. 

Cuando nosotros fuimos de confianza, nos hicieron pasar a otras 
habitaciones. Donde nunca podía ir nadie, era al fondo, donde 
esfaban los pavos; ese lugar estaba defendido por unos gansos 
bravísimos, que enseguida corrían con escándalo increíble hacia el 
intruso y si no se retiraba a tiempo lo picaban; a ellas mismas solían 
correrlas y romperles los vestidos. Después de pasar por el patio, se 
entraba en una habitación que tenía piso de tablas anchas. Al pisarlas, 
cimbraban. Automáticamente contestaban a esas pisadas, chucherías 
todavía invisibles en la penumbra. La anciana madre, paralítica, 
estaba sentada en otra habitación: se veía enseguida porque las 
grandes puertas de comunicación estaban abiertas de par en par. 
Además, en la oscuridad se destacaba fácilmente su cabeza y pañoleta 
blancas. Y todavía tomaba más fácilmente la atención, el movimiento 
constante y regular de su cabeza, que a uno le hacía recordar 
irreverentemente, al de un juguete de cuerda. Todas hablaban fuerte 
y yo empezaba a reconocer los objetos de la habitación; eran tan 
amables y parecían tan cordiales como ellas. Allí el misterio no se 
agazapaba en la penumbra ni en el silencio. Más bien estaba en 
ciertos giros, ritmos o recodos que de pronto llevaban la 
conversación a lugares que no parecían de la realidad. Y lo mismo 
ocurría con ciertos hechos. 

La anciana tenía más de setenta años y hacía muchos que estaba 
paralítica. Un hijo de ella, que se había matado -y que no era el loco- 


12 



tuvo una actuación importante cerca de un político a quien todas 
ellas admiraban con fervor patriótico. Después de la muerte del hijo, 
el político fue a visitarlas; y ella, la anciana de casi ochenta años, 
compuso unos versos para recibir al político. En general los versos y 
también la prosa común, eran difíciles para mí; pero aquellos versos 
lo fueron mucho más: se remontaban a regiones de las cuales yo no 
tenía ninguna idea. Tampoco se referían a asuntos patrióticos de los 
que oía en la escuela y a los cuales estaba acostumbrado a no 
entender. Recién al final parecía que aquellas palabras aterrizaban en 
un campo en el que se podía ver algo; y asimismo la anciana decía 
muy vagamente la dicha que sentía de que existiera en el mundo 
aquel ser: el político. 

Las longevas tenían entre un ropero una muñeca alta y delgada 
como ellas; pero negra y las motas de astrakán. La mostraban pero no 
la dejaban tocar a nadie porque había sido de una sobrina de ellas que 
había muerto. El primer día que estábamos en las habitaciones 
interiores, ellas se quedaron de pronto silenciosas y con gran tensión, 
porque mi hermana menor le había tocado la cola a un gran loro que 
estaba muy quieto sobre un pedestal. Creimos que hubiera peligro. 
Pero lo que ocurría era que ellas habían querido mucho a aquel loro y 
ahora lo conservaban disecado. Después nos acostumbramos a aquel 
“tótem” familiar, a quien ellas hablaban como si estuviera vivo. La 
que cocinaba imitaba su voz, como lo haría un ventrílocuo y 
contestaba por él. 

Allí fue donde conocí a un músico, sobrino de ellas y a quien 
llamaban “El nene”. Era ciego y fendría unos dieciocho años. Muy 
alfo. Detrás de unos lentes negros, movía de la más impresionante 
manera, unos ojos tan desorbitados y aparecían de un tamaño tan 
sorprendente, que parecía que ya se le iban a saltar. Los párpados se 
habían agrandado y estirado mucho; pero no los podían embolsar en 
todo su tamaño. Era inquietante vérselos mover continuamente fuera 


13 



de sus órbitas y recordaba el movimiento de los ojos de un rumiante 
vistos de perfil. No habría la menor exageración al afirmar que eran 
del tamaño de un huevo; no sólo sugería eso la identidad de 
dimensión sino también su forma ovalada. Me habían dieho y olvidé 
el nombre de aquella enfermedad. Pero lo que más me angustiaba era 
que el médieo le había pronosticado que moriría cuando tuviera 
veintidós años, que a esa edad, aquellos ojos escaparían de sus 
órbitas. Hasta me dijo un médico -tal vez apremiado por la 
insisteneia con que yo le preguntaba en qué época del año ocurriría- 
que el hecho tendría lugar más o menos en marzo. Afortunadamente 
sé que ha pasado de los euarenta años. 

Una noche, invitados por las tías -las longevas- fuimos a la easa 
de Elnene y lo sentimos tocar el piano. Para mí fue una impresión 
extraordinaria. Por él tuve la iniciaeión en la música clásica. Tocaba 
una sonata de Mozart. Sentí por primera vez lo serio de la músiea. Y 
el placer -tal vez eon bastante vanidad de mi parte- de pensar que 
me vinculaba con algo de valor legítimo. Además sentía el orgullo de 
estar en una cosa de la vida que era de estétiea superior: sería un lujo 
para mí entender y estar en aquello que sólo correspondía a personas 
inteligentes. Pero cuando después tocó una composición de él, un 
noeturno, lo sentí verdaderamente como un placer mío, me llenaba 
ampliamente de placer; deseubría la coineidencia de que otro hubiera 
hecho algo que tuviera una rareza o una ocurrencia que sentía como 
mía, o que yo la hubiera querido tener. La melodía iba a eaer de 
pronto en una nota extraña, que respondía a una pasión y al mismo 
tiempo a un aeierto; como si hubiera visto un compañero que hacía 
algo muy próximo a mi comprensión, a mi vida y a una predilección 
en que los dos nos encontrábamos de acuerdo; con esa complicidad 
en la que dos eamaradas se cuentan una parecida picardía amorosa. 
Yo había encontrado camaradas para otras cosas; pero un amigo con 
quien pudiéramos representarnos el amor en aquella forma era un 


14 



secreto de la vida que podíamos ir atrapando con escondido regocijo 
de más sorpresas, de esas que dependen mucho de nuestras manos. 

Aquello era mucho más lindo que tocar como tocaba yo. ¡Y yo que 
me creía tan original cuando tocaba por mi cuenta y encogía y 
estiraba a mi gusto una melodía! ¡Y nada menos que una Canción de 
Margarita! Que precisamente una noche que la toqué en casa estando 
las longevas de visita, ellas decían: “¡Pero qué gusto tiene para tocar!” 
y “¡Mire que es linda la música!”. Y aquella noche, tan inmensamente 
lejana -y con algo tan cercano en el sentimiento de las cosas y de la 
vida, que no podría decir qué es y dónde reside ese extraño 
reconocimiento de mí mismo- cuando tocaba una mazurka que se 
llamaba Gorjeo de Pájaros, ¡qué vergüenza! Y lo que nos habíamos 
reído, porque mi hermanita -cuatro años, la que le tocó la cola al 
loro- muy apurada había dicho: “mamá decile que toque gorjeo de 
lechones”. Y cuando la otra, la mayor, había recitado “Pobre María”, 
una pobre desgraciada que se había escapado de la casa por las 
palizas de la madrastra, había pasado la noche a la intemperie, en 
invierno, con poca ropa; y al encontrarse frente a una puerta con un 
letrero tenía miedo que fuera la “prevención”. Pero al final descubría 
que era un asilo. Entonces llamaba, abrían y ella se lo agradecía a la 
virgen. Lo decía frente a una puerta que daba al comedor; y en el 
momento en que ella decía: “pasos, abren, se adelantan”, sin que 
nadie supiera nada, ni mi propia hermana, se abrió la puerta del 
comedor y aparecí yo, para darle más realidad a la escena. Había 
tenido semejante ocurrencia mientras ella recitaba; en puntas de pie 
había salido de la sala y dado la vuelta por otro lado. La consecuencia 
fue desastrosa, porque todos, que en aquel momento estaban 
conmovidos, ahora, al mismo tiempo que casi lloraban, también se 
reían y rabiaban: aquella broma había quitado todo el efecto a “la 
obra”. 

En aquel entonces yo tenía de doce a trece años. Una prima mía - 


15 



también lejana- tocaba el piano. (Plegaria de Moisés, La Argentina te 
llora -nocturno dedicado a un aviador venido abajo- etc.) Era muy 
linda y por lo menos me doblaba la edad. (Otro amor secreto, pero 
con el agravante de que teníamos demasiada confianza y después mi 
timidez y que ella pensaría que yo había interpretado mal la 
confianza. Además era muy burlona.) 

Una tarde que había hecho mucho sol y era carnaval, aparecieron 
disfrazadas, en casa, cuatro mujeres altas; y enseguida descubrimos a 
las longevas. Pero como ellas eran tres, teníamos que descubrir la 
cuarta, que no hablaba ni una palabra. Bueno, resultó que era el 
cieguito, Elnene. Vino después muchas veces a casa y allí conoció a 
mi prima. (Fatal coincidencia: él también se había enamorado de 
ella.) Una de las veces que bailó con ella le dejó un papel en la mano. 
Era la letra de un estilo que había compuesto para ella. ¡Cuánto lo 
envidiaba yo! Él había tocado antes el estilo; pero claro, sin decir a 
quién lo dedicaba. La letra era de este tenor: (también lo había 
cantado). 

Soñé una noche que me decías 
Con voz velada por la emoción 
Tuya es mi alma, tuya es mi vida. 

Tuyo es entero mi corazón. 

Aquella tía lejana, se llamaba Petrona. Se reía siempre de las 
longevas, parodiaba a una de ellas poniéndose “dura y fruncida” y 
siempre recordó las palabras que aquélla decía a su sobrino: “Nene, 
tocá tu nocturno”. Como de costumbre, yo rabiaba. Pero un día 
empecé a pensar que Petrona, a pesar de no sentir el nocturno, ni 
comprender ni estar en eso, ni ambicionar ninguna situación ni 
estado estético como el que gozábamos nosotros, sentía algo y a su 
manera, de lo que ocurría en los que oían o gustaban ese momento 


16 



de arte. Como muchas personas sin cultura intelectual -ella apenas 
leía el diario- al estar entre personas “instruidas”, tenía tensión de 
espíritu; se adivinaba que en esos momentos cargaba demasiado su 
batería; y cuando había oportunidad de reírse, descargaba con 
violencia su risa, que era más convulsiva y duraba más rato que la de 
los otros. Igualmente ocurría cuando en la conversación aparecía una 
persona que se hubiera encontrado en situación un tanto difícil o 
propensa a caer en ridículo. La simpatía del estado de Petrona con el 
de la persona en cuestión, influía directamente sobre sus 
acumuladores y esperaba con retenida impaciencia -aun sin ella 
saberlo- la oportunidad de soltar intermitentes expresiones de risa. 
Precisamente, si las convulsiones de su risa inquietaban tanto, era 
porque se percibía el esfuerzo por contenerlas. Su risa era aspirada y 
sus convulsiones medio desahogadas y medio tragadas, -alguien 
decía “degolladas”. Tal vez, ese afán de contener su risa presionando 
desesperadamente sobre todos sus frenos musculares, respondía a su 
propósito de no hacer “papelones”, de no mostrar una risa 
chabacana. Y así, luchando con su risa ofrecía un espectáculo 
impresionante y extraño. En ese espectáculo, no sólo aparecía la 
reacción de la persona que llamamos sana, saludable, que nos 
presenta gran riqueza de energías y que al iniciar su contacto con 
ambientes superiores a los que está acostumbrada a actuar, esas 
energías se vuelven sobre sí mismas, frenadas por pudor, porque 
percibe la diferencia de ambiente y desea esconder su historia, o 
porque sabiendo que la descubren y que da el espectáculo, le es 
simplemente violento penetrar en un ambiente distinto; sino que 
Petrona también ofrecía un misterio que eseondía cierto matiz brutal, 
persistente, burlón. Si por un lado era generosa, abnegada, 
consecuente en los cuidados y trabajos que se tomaba por nosotros - 
estaba en easa antes de nosotros naeer-, también se burlaba 
continuamente y se le ocurrían bromas crueles. Cuando yo tenía tres 


17 



años, una noche en que me habían dejado solo con la luz prendida, vi 
aparecer por una puerta gris y entreabierta, algo como una gran pata 
negra de araña moviéndose; y era ella que se había forrado la mano y 
el brazo con una media negra y la asomaba haciendo contorsiones. 
Recuerdo muy bien esta impresión. 

Y en casa decían que creyeron que me enloquecía. 

Ella tomaba con dos dedos un sapo y lo levantaba hasta mostrar la 
barriga blanca. Yo tenía miedo porque ella misma me había dicho que 
soltaban un fuerte chorro de orín, que daba en los ojos y que dejaba 
ciego. Una noche de lluvia, después que yo estaba acostado vino a mi 
cama y vi que levantaba las cobijas apresuradamente; enseguida sentí 
en los pies la barriga fría y viscosa del sapo. Algunas noches después, 
mi madre notó un ruido raro después de apagada la luz; prendió 
rápidamente un fósforo y descubrió que yo dormía con los pies y las 
piernas para arriba, pegados contra la pared. Ahora vuelvo a sentir 
un poco la angustia de cuando apagaban la luz, de cuando la mecha 
de la lámpara dejaba escapar los últimos hipos; y que al final, después 
de casi apagada del todo, el último hipo tardaba más pero era más 
grande y ya todo quedaba completamente oscuro. Entonces 
empezaba a ver sapos en mi cama y a poner los pies en la pared. Mi 
madre me llevaba para su cama y mi padre venía a la mía. Cuando mi 
madre estaba por dormirse, yo le daba un codazo para que no se 
durmiera porque seguía sintiendo miedo a los sapos. 

Petrona contribuía a malcriarnos porque era muy buena y nos 
hacía todos los gustos. Y esto desde la mañana hasta la noche. 
Todavía en la noche nos llevaba a todos la bolsa de agua caliente o el 
porrón. Una noche, cuando todos volvimos del teatro -y mi 
hermanita, la del loro, tendría cuatro años- nos encontramos, como 
de costumbre con las camas calientes. Y a mi hermanita le había 
puesto, además, la muñeca y un pequeño porrón de tinta con agua 
caliente a los pies de la muñeca. Cuando mi hermana mayor -la de 


18 



“Pobre María”- tenía unos nueve años, la retaban porque siempre 
andaba corriendo y “he- cha una chiva”. Petrona le dijo que si corría 
le saldrían cuernos, como a las chivas. Y esa tarde, que llovía e 
hicieron tortas fritas, Petrona hizo con masa un gran cuerno frito y 
se lo llevó. Después, mi hermana caminaba despacio, en puntas de 
pie y se tocaba la frente. 

Aunque Petrona no había cultivado su sentimiento estético en el 
arte, en cambio tenía desarrollado el sentido estético de la vida, en 
ciertos aspectos del comportamiento humano. (Claro que ella no le 
hubiera llamado sentido estético. Tal vez nunca haya pronunciado la 
palabra “estético”) Tenía el concepto de lo que era lindo y de lo que 
era feo, de lo que estaba bien y de lo que estaba mal. Y todo esto 
sintetizado en la palabra “papelón”: se trataba de hacerlo o de no 
hacerlo. Tenia una sensibilidad especial para que ciertos hechos, le 
hicieran cosquillas. Y de ahí su constante risa atragantada. No nos 
hubiera bastado el criterio de que aquella burla fuera una reacción 
secrefa de venganza contra las personas de otra cultura. Parecía que 
sobraba algo, que este criterio fuera sobrepasado y que con él no 
alcanzáramos toda la realidad de su persona. También provocaba el 
pensamiento de que en aquella burla o reacción tan gozosa, habla 
escondida una extraña forma temperamental, que ella no podia 
menos que abandonarse continuamente a esa tendencia suya y que 
estaba al mismo tiempo condenada a estarla deteniendo siempre. En 
total podría decir que nos sería difícil encontrarla -en el sentido de 
comprenderla- si la buscábamos con criterios o sentimientos 
comunes y que nos sentiríamos siempre tentados a postergar el juicio 
que de ella quisiéramos formarnos. En cambio, ella, pronto, 
inmediatamente, se lo formaba de los demás. Realmente ella era una 
persona muy equilibrada. (Aunque a veces, bajo las más grandes 
apariencias de equilibrio encontráramos las locuras más 


19 



sorprendentes o los misterios más inescrutables.) Desde su 
equilibrio, desde cierta frescura que le daba el no haber sido 
interferida por ninguna teoría estética o de alguna otra clase -que 
quizá hubiera tentado su espíritu a quedarse con algo que podía 
resultar una pequeña extravagancia o alguna rara predilección- y 
sobre todo desde su misterio, observaba a los demás y descubría con 
gran facilidad, precisamente, la menor extravagancia a que una 
persona se hubiera entregado. Así que en una reunión de arte, 
entendía de las actitudes que tomaban los demás. Y entonces su gran 
posibilidad de burla. 

Quizá ocurriría, que aquellos cuyos sentimientos, recuerdos o 
predisposiciones les hicieran acudir con una actitud más o menos 
profunda, espontánea o sincera al instante del arte, no pusieran caras 
o poses interesantes. De los que no tuvieran el espíritu dispuesto a 
concurrir a esos momentos de una manera más o menos profunda o 
continuada -ya porque fueran solicitados por cosas ajenas al arte, ya 
porque en aquel momento se sintieran por debajo o por encima de él, 
ya porque sus temperamentos o circunstancias no los dejaran 
detenidos de algún modo en el arte-, de entre éstos, habría quienes 
aprovecharían la oportunidad para componer poses seductoras, 
sugestivas o atrayentes. Hasta es posible que compusieran esas poses 
tomando en cuenta algo del presente; y que con caprichosas 
alternativas de la atención, adquirieran una pose que tuviera que ver 
con el estado que ahora provocaba el arte; o que se dejaran invadir 
por el arte con intermitencias que no les interrumpieran la 
composición de sus poses. Pero también ocurrirían otras cosas muy 
extrañas. Habría personas que sentirían el instante del arte con 
nobleza, se entregarían a él con toda la profundidad de que eran 
capaces sus almas; y sin embargo, tendrían poses extravagantes. No 
se podía pensar que quisieran especular con sus poses, que tuvieran 
la intención de llamar la atención en alguna forma. Pero es posible 


20 



que en la adolescencia, cuando hubieran sentido por primera vez que 
el arte era sublime y que el momento de sentirlo era solemne, se 
hubieran soñado a si mismos con una actitud que correspondiera a 
ese sueño adolescente; y esa actitud se les hubiera quedado como 
dormida u olvidada. Y después, siempre que apareciera aquel 
momento sublime y aquel estado solemne, traerla, junto a aquel 
primer sentimiento, los movimientos o poses que el arte mismo les 
habría sugerido cuando se soñaron a sí mismos con el primer sueño, 
en el cual crearon, con ingenuidad e inocencia, los ritos o trajes 
espirituales para el oficio del arte. Y después, aunque les hubiera 
crecido el sentimiento estético y hubieran podido darse cuenta que 
aquella pose era extravagante, ya no podrían pensar tanto en sí 
mismos, si es que en el momento de sentir el arte tuvieran la 
necesidad de un sueño más profundo. Por eso las poses quedarían en 
lo de afuera de esas personas -y ellos no tendrían espejo ni 
conciencia para verlas. Esos movimientos o posturas habrían nacido 
y vivido en esas almas como otros movimientos nacieron y vivieron 
en los hombres primitivos; y cruzarían todas sus vidas como séquitos 
de costumbres de fidelidad estática. 

Casi no tendría objeto, llamar aparte a una de esas personas -por 
más amiga que fuera- y decirle que su pose era extravagante; porque 
parecería que profanáramos ritos de extrañas y particulares 
significaciones. Además, llegado el momento de oír música, por más 
prevenidos que estuviéramos, el arte invitaría a aflojar los frenos de 
la autocrítica, se produciría como una convencional libertad de 
relacionar el sentimiento del arte con nuestra historia sentimental y 
se permitiría y se justificaría la distensión de nuestros músculos y el 
abandono de nuestra conciencia -si ese abandono no era muy 
exagerado, o mientras no se notara que escondía la intención de 
tener un abandono original: el que observara los momentos en que se 
pasara al estado provocado por el arte, vería cómo naturalmente se 


21 



iban esfumando poco a poco los límites en que se vivía un rato antes. 

Algunos sabrían que sus poses eran observadas; entonces 
prepararían una postura neutra, pero cómoda, para poder 
abandonarse a oír tranquilos, alejándose en esta forma de los 
presentes. (Otros, imitando a estos últimos, se prepararían como para 
dormir.) 

Todos estos hechos hacían cosquillas en la sensibilidad de 
Petrona. Y si es cierto que había personas que entendiendo poco de 
arte escondían su incomprensión -o trataban de comprender- 
recurriendo demasiado predominantemente, a las anécdotas o a las 
actitudes de los artistas para deducir el arte, Petrona se dedicaba 
exclusiva y francamente a la observación de posturas. Y así volvían 
los borbotones de risa a medio desparramar. 

Habíamos ido a Las Piedras con mi madre, a casa del cieguito; y a 
la hora de cenar yo dije algo que causó vergüenza y confusión a 
todos. La gente decía que mi madre me tenía muy educadito. Yo era 
tan pronto muy nervioso, o muy aplastado; muy excitado, o inerte, 
somnoliento. Yo también cargaba mis baterías y las descargaba de 
golpe; pero muy a menudo a propósito de una insignificancia y con 
gran extrañeza de todos. Y de pronto aparecía distendido, distraído, 
abandonado a la luna cuando el tema era de verdadero interés. Tan 
pronto angustiosamente tímido como sorpresivamente violento, o 
audazmente atrevido. Pero constantemente torpe. Terminada la cena 
-aquella gente era tan buena, atenta y profundamente noble como las 
longevas- y cuando todos nos paramos, yo me apronté para soltar un 
brillante agradecimiento. Y dije: “Muchas gracias, aunque no es 
mucho...”. Y así quedó sin terminar la frase en la que hubiera querido 
explicar, que decir gracias no era mucho, ni siquiera nada, frente a 
tantas atenciones. En el desconcierto, hubo balbuceos incoherentes - 
tal vez ofrecimiento de más comida. Mi madre estaba consternada y 
yo rodeado de una luminosidad roja que salía de una gran pantalla 


22 



encarnada, con flecos y con una luz muy fuerte. 

Nos quedamos en aquella amable casa hasta el otro día por la 
tarde, después de haber cumplido el motivo de nuestra estadía: la 
presentación de Clemente Colling. Éste era el maestro de piano y 
armonía del cieguito. Entre las longevas y Elnene, había sido 
eombinada esta reunión. 

Clemente Colling era conoeido por “El organista de la Iglesia de 
los vascos” o “El ciego que toea en los Vascos”, etc. De allí su fama. 
Algún tiempo antes de esta reunión, me habían llevado a oírle un 
eoncierto de piano que dio en el Instituto Verdi. Era de los primeros 
eonciertos que oía en mi vida. Mi entusiasmo y mi manía de ir 
demasiado temprano a los espectáculos, nos colocó en la puerta de la 
sala mueho antes de que la abrieran. Después, apoyado en la baranda 
de tertulia, empezaba a sentir ese sileneio de sueño que se haee antes 
de los eonciertos cuando falta mucho para empezar; cuando lo hacen 
mucho más profundo los primeros cuchieheos y el chasquido seco de 
las primeras butacas; cuando se espera oír y sin embargo es más lo 
que se ve que lo que se oye; cuando el espíritu, sin saberlo, espera 
trabajando; cuando trabaja casi como en el sueño, dejando venir 
eosas, esperándolas y observándolas eon una distracción infantil y 
profunda; cuando de pronto se hace esfuerzo para suponer lo que 
vendrá y se mira por eentésima vez el programa; cuando se repasa la 
vida de uno y se aventuran ilusiones; cuando uno siente la angustia 
de no estar colocado en ningún lugar de este mundo y se jura 
eolocarse en alguno; euando uno sueña llamar la atención de los 
demás algún día y siente eierta tristeza y reneor porque ahora no la 
llama; cuando se pone histérico y sueña un porvenir que le adormece 
la piel de la cabeza y le insensibiliza el pelo; y que jamás lo eonfesaría 
a nadie porque se ve a sí mismo demasiado bien y es el secreto más 
retenido del que tiene algún pudor; porque tal vez sea lo más 
profundo del sentido estético de la vida; porque cuando no se sabe de 


23 



lo que se es capaz, tampoco se sabe si su sueño es vanidad u orgullo. 


Mirando al escenario, senti de pronto aquel silencio como si fuera 
el de un velorio. El gran piano era todo blanco. Los pianos negros 
nunca me sugirieron nada fúnebre; pero aquel piano blanco tenía algo 
de velorio infantil. 

Había entrado mucha gente y el murmullo era mucho más subido. 
De pronto, el corazón también se subía; pero de golpe. Se apagaron 
las luces de la sala; y todavía un rato más. En vez de aparecer en 
escena un solo hombre, aparecieron dos: no pensé que siendo Colling 
ciego, era muy natural que otro lo trajera hasta el piano. Pero se 
detuvieron antes de llegar al piano y Colling hizo un extraño saludo: 
al principio parecía que iba a ser de frente y después se volvía hacia 
un costado. Años después, me dijo que aquel saludo era muy elegante 
y que se lo habían enseñado en París. Después de sentado en el piano 
le habló, sonriente, al que lo acompañaba. El acompañante se fue, él 
tosió y se llevó la mano a la boca juntando los dedos de una manera 
muy extraña. Su cabeza gris, de pelo aplastado y peinado con raya a 
un lado, brillaba arriba y tenía mucha sombra debajo. Solamente 
recuerdo cómo tocó una balada de Chopin -y que también me juré 
aprender-; y del final, en que de acuerdo con el programa pidió al 
público cuatro notas en forma de tema para hacer una improvisación. 

En escena había aparecido absolutamente distinto a como me lo 
había imaginado. Y en la reunión de Las Piedras, muy distinto a como 
lo había visto en escena. 

Sin embargo, el recuerdo de esa primera reunión es muy vago. 
Algunas noches -muchos años después- tuve el capricho de querer 
recordar exactamente, dónde y cómo estaba colocado, cómo lo vi por 
primera vez y qué me dijo al principio. Entonces, trataba de 
imaginármelo en un lugar determinado de aquella sala, para ver si 
coincidía con el lugar real que hubiera ocupado por primera vez, para 


24 



ver si el recuerdo se me aclaraba; intentaba inventarme un lugar de la 
sala donde hubiera sido posible que hubiera estado sentado, para ver 
si se producía alguna simpatía entre lo que imaginaba ahora y lo que 
fue realmente; porque esperaba que coincidiendo, se me hiciera más 
preciso el recuerdo. Pero fue inútil, no sólo no encontraba lo que 
buscaba, sino que hasta se me confundía la sala. De pronto me 
encontraba con que se fundían impresiones posferiores. Deduzco 
que debía estar sentado cerca del piano y creo que hube de esperar a 
que diera primero la lección el cieguito y que después entramos 
nosotros. Ni recuerdo que en aquel primer encuentro hubiera 
percibido su desaseo. Lo más posible era que estuviera próximo al 
piano porque pasé muy cerca de él antes de sentarme a tocar. 

Debo afrontar cuanto antes la vergüenza de confesar, que en 
aquella época, yo fambién tenía mi nocturno. Él me dijo: “La semilla 
está; pero hay que cultivarla”. Además de recordar esta frase por lo 
que tenía que ver con mi vanidad, también la recuerdo porque me 
pareció vulgar y por las cosas que yo seguía pensando cuando le veía 
su cabeza un poco inclinada y al mismo tiempo sin estar frente a mí, 
sino para un lado. En el otro lado apoyaba un codo contra el cuerpo, 
tenía doblado el brazo para arriba y tomaba el cigarrillo con tres 
dedos -y levantaba los demás como si lo que tomara fuera una 
masita. Al hablar, estiraba o ampollaba la parte de la boca que iba 
desde el borde fino de los labios hasta las hornadas de la nariz, que se 
ensanchaban al llegar a la cara. En esa región movible que estaba 
debajo de la nariz y que era muy grande, tenía dos manchas marrón 
oscuras; y después de haber pasado mucho tiempo, me di cuenta que 
esas manchas eran del humo del cigarrillo que le salía por la nariz. 

La frase de Colling, que tan vulgar me había parecido, me hizo 
pensar por un instante, al estilo de como pensaban algunos o muchos 
jóvenes de aquella época. Estaba como de moda, esta forma de re- 
flexión: “¿Qué quieres que sea tal individuo si hace tal cosa?”. Aquel 


25 



momento o desilusión frente a Colling casi equivalía a decir: “El 
hombre que dice semejante vulgaridad, no puede ser un crítico de 
arte”. “Si su frase es tan vulgar, su arte también lo debe ser.” Es 
posible que en muchos casos acertara -y que éste fuera uno de 
ellos-; pero con seguridad que era una forma hecha del pensamiento, 
que podía dar lugar a errores crueles y que inhibía para seguir 
pensando u observando con respecto a una persona; y además, una 
de las verdades más visibles era que en un mismo individuo pudieran 
encontrarse las cosas más contradictorias. Precisamente, el que yo 
hubiera encontrado o pensado en ese error de los otros, no era por 
sutileza de observación de mi parte, sino sencillamente porque a mí 
no me convenía; porque si fueran a juzgar toda mi vida o mi persona 
por algunos hechos, encontrarían con razón que era decididamente 
un imbécil. Además, ese error no era de mi estilo: yo tenía otros; ésa 
no era mi manera acostumbrada de soliviantarme para opinar; y me 
daba pereza y me costaba mucho esfuerzo la postura de pensamiento 
que no coincidía con mi estilo de equivocarme. Por otra parte, hoy 
me encuentro con que si la frase de Colling era vulgar, ¡había que 
haber oído mi nocturno! Y supongo mejor la posición de Colling, 
porque mucho tiempo después, yo también he oído y juzgado los 
nocturnos a otros. Total, que yo mismo, si en aquella época podía 
tener alguna vaga experiencia en alguna clase de errores, en cambio 
en música, no tenía ninguna. Al mismo tiempo estaba con el alma 
inclinada hacia Colling, me seducía todo lo que tenía de ingenuo, de 
pintoresco, su cordialidad sinceramente bien predispuesta; parecía 
que su corazón se moldeaba fácilmente con una franca 
espontaneidad a cualquier vuelta nueva de la vida. Como todos, se 
había inventado una sonrisa artificial para un cumplimiento; pero 
parecía que ese artificio lo empleaba con gusto, que estaba deseando 
que fuera del todo natural y tener motivos para ser sincero. También 
me seducía su ciencia, su inmensa sabiduría de músico. Por lo menos 


26 



a mí me parecía un sabio. Y a pesar de lo fácil que era ver algunos de 
sus sentimientos, de la inexplicable gracia que le hacían ciertas cosas, 
de sus ingenuos arrebatos de orgullo, de la seriedad de sus 
despampanantes mentiras, a pesar de todo, yo empezaba a 
internarme en muchos misterios que me empezaron conociendo su 
persona. Sentía que iba a conocer de cerca, que se me iba a producir 
una amistad, un extraño intercambio, con un personaje excepcional, 
que además era ciego. Sé que en los primeros momentos empezaban 
a ser misterio, detalles insignificantes, tal vez demasiado físicos, 
objetivos; ¡pero eran tan extraños, tan desconocida la historia de 
aquellos movimientos! Sin embargo, después yo los haría coordinar 
muy bien con mi manera de suponerme otro misterio: el de su 
ciencia. Pero mi ignorante atrevimiento no llegaría al extremo de 
coordinar otros misterios: el de cómo serían todos los sentimientos 
que manejaban aquella ciencia. Ni sabía -y hallaba placer en no 
saber- qué misterio habría en cada ser humano puesto en el mundo 
-en un ser humano como Colling, por ejemplo-; qué misterio me 
sorprendería primero, cómo sería yo después de haberlo sentido, o 
qué le pasaría a mi propio misterio. 

Aquella primera tarde y muchas otras, yo me quedaba callado 
mirándolo; confundía tal vez lo de que era ciego, procediendo como 
si también fuera sordo; o tal vez me desconcertara verme escondido 
ante sus propios ojos y en plena luz del día; o era él que se escondía 
detrás de sus párpados; o sencillamente procedía con una naturalidad 
desconocida para mí porque yo no sabía cómo era no tener vista; o él 
procedía con las reacciones comunes que le provocaban los videntes; 
procedería estando acostumbrado a la curiosidad ajena y se le 
confundirían de una manera extraña lo de él y lo del mundo, porque 
en última instancia no podríamos saber cómo serían sus sensaciones 
y su sentimiento de las cosas con una cualidad mental en la que no 
entrara la vista. 


27 



De pronto se empezaba a reír como si me hubiera estado mirando. 
Entonces él contaba: recién en la peluquería uno leía un anuncio del 
domingo -el domingo próximo él tocaría el órgano en la iglesia de 
Las Piedras- y el que leía decía a los otros: “Va a tocar un tal Colling, 
dicen que es un tigre”. Y Colling se reía con muchísimas ganas 
porque el que hablaba pronunciaba mal su nombre. Él decía que su 
nombre era inglés y que acentuándolo en la primera sílaba y 
haciendo apenas el sonido de la g se pronunciaba correctamente. 
Muchos como sabían que él era francés le decían “Mesié Colén”. Él 
también toleraba esta manera y era la que empleaban todos los 
franceses. Pero el de la peluquería lo había pronunciado con la “11” 
como “y”, al estilo rioplantense, como si dijera “pollito”; además lo 
había acentuado en la “i” y había pronunciado la “g” con una larga 
ferocidad de “j”, poniendo la boca como fiera que muestra los 
dientes. Si en realidad esto era gracioso, mucho más extraño era 
como él acentuaba las palabras. Contándonos cómo una niña vidente, 
que había ido al Instituto de Ciegos y que viendo a las niñas ciegas 
ella también quería ser ciega, decía: “y entonces la muchachita se 
echaba jábon en los ojos” y nosotros, al mismo tiempo que nos 
reíamos del procedimiento del jabón, nos reíamos de lo extraño que 
quedaba la palabra tan mal acentuada y de la inconsciencia e 
ingenuidad tan infantil con que él se reía e ignoraba su falta. 

Cuando me dejaban solo con los dos ciegos y ellos conversaban, 
no tenía en cuenta constantemente que eran ciegos; y de pronto me 
sorprendía que tomando la conversación un giro o una actitud 
íntima, ellos no se miraran, ni hicieran movimientos 
correspondientes a lo que estábamos acostumbrados a ver en las 
personas que tienen vista; y así, ellos creaban a mis ojos una nueva 
forma de movimientos correspondientes a la conversación. Sus 
cabezas inquietas, casi continuamente movibles, se iban poniendo de 


28 



costado, como si miraran con las orejas; pero el que emitía las 
palabras ponía la cara de frente, hacia la oreja del otro; y cuando el 
diálogo era entreeortado había confusión e inquietante movimiento 
de cabezas. Entonces se acercaban al piano. Pero cuando hablaban de 
composición, y por ahí, de sensaciones sonoras, de sentimientos, del 
arte y de la ciencia, la conversación parecía más secreta; porque iban 
a lugares donde yo tenía pocos pensamientos, pocas experiencias. Sin 
embargo, en mi curiosidad siempre expectante, era eontinuamente 
despertado, provocado por vagas sugerencias, que si bien algunas 
acertaban a mezclarse en los caminos de ellos, otras me dejaban 
despistado, perdido, pero con la ansiedad de volverlos a encontrar. Y 
a medida que se acercaba la noche -ellos no necesitaban luz- yo 
seguía los movimientos de ellos que iban siendo manchas movibles 
junto a la otra grande, la del piano. De un gran baúl abstracto seguían 
sacando juguetes abstractos, que para mí, además de ser sonoros, 
tenían color. Pero yo no me daba cuenta que los acordes o formas 
que yo sentía, también se diferenciaban de las que ellos oían, en que 
las mías tenían color; y hasta como aquella niña que se echaba jabón 
en los ojos para quedar ciega, por algún instante, sintiéndolos a ellos, 
me iba un poco hacia su religión -su falta de vista y su 
entendimiento mutuo me sugería algo así como una religión-, y 
pensaba que tal vez, en lo más hondo de lo humano, la vista era 
superfina. Pero enseguida me horrorizaba este pensamiento, y 
recordaba el eneantamiento que ellos tenían como sombras. De 
pronto, en la penumbra, me sorprendía la mano de Colling puesta 
hacia abajo, con los dedos juntos como si fueran a espolvorear algo, 
como un cono invertido; después daba la vuelta el cono, se llevaba la 
punta de los dedos a la boca y era que de adentro del cono salía un 
cigarrillo muy blanco: se veía en el momento que arrugaba el labio 
superior para colocárselo. Y no se podía dejar de ver cómo encendía 
el fósforo. A la primera bocanada de humo, tosía y se llevaba la mano 


29 



a la boca. Yo ya sabía de memoria cómo era su mano atajando la tos, 
cómo eran de gruesas las ligaduras negras que tenía al borde de las 
uñas, y todo esto estaba lleno de un inmenso encanto de ver; y tenía 
encanto el recordar esas mismas tardes cuando el sol iba dando en 
aquella sala, en el ambiente misterioso que hacían ellos; y los reflejos 
tenían un sortilegio y un sentido de la vida que después nos haría 
pensar que todo aquello parecía mentira, una mentira soñada de 
verdad. Y cuando más lejos se iba el sol, más sorpresas de manchas, 
no sólo sugiriendo o recordando las formas que se habían visto hacía 
un instante, sino también los colores y el sentido de los objetos que 
se iban cobijando de sombras. 

Yo, con egoísmo del que posee algo que otro no posee, pensaba en 
el goce de estar en la noche, después de acostado, recibiendo el ala de 
luz de una portátil de pantalla verde que diera sobre un libro en que 
uno leyera y tuviera que imaginarse color, una escena en los trópicos, 
con mucho sol, todo el que uno se pudiera imaginar, sobre las 
montañas y sobre todos los verdes de la selva. Pensaba en toda una 
orgía y una lujuria de ver; la reacción me llevaba primero a la grosería 
de la cantidad y después al refinamiento perverso de la calidad; 
desde las visiones próximas o lejanas cegadoras de luz, en paisajes 
con arenas, con mares, con luchas de fieras, de hombres, hasta el 
artificio del cine; y el cine, desde un choque de aviones, hasta una de 
esas fugaces visiones, que aparecen fugaces al espectador pero que a 
las compañías cinematográficas les cuestan lentitud y sumas 
fabulosas; después, la visión de toda clase de microbios moviéndose 
en la clara luna de un lente; y después todo el arte que entra por los 
ojos; y hasta cuando el arte penetra en sombras espantables y es 
maravilloso por el solo hecho de verse. 

En la noche, antes de dormirme, suponía la tragedia de los ciegos; 
pero -y me resultaba muy curioso- esa tragedia de ellos no me la 
podía suponer sin imágenes visuales. 


30 



Colling había hablado con el cieguito, el cieguito con sus familia- 
res, uno de sus familiares con las longevas, las longevas con mi 
madre, mi madre con mi padre, estos dos últimos conmigo y Colling 
vendría a darme clases de armonía; cobraría un peso por lección, 
teniendo en cuenta que, etc., etc. En ese tiempo vivíamos en una casa 
de altos de la calle Minas. Una tarde llegó Colling con su lazarillo, que 
se llamaba Fito. Colling daba su mano blanda; y siempre su sonrisa, 
una conversación ingenua pero imprevisible. Su cigarrillo, la tos, la 
mano, las uñas, las manchas marrones debajo de la nariz, la posición 
un tanto egipciana con la cabeza doblada para un lado y del otro lado 
el brazo doblado para arriba sosteniendo el cigarrillo; la oreja pegada 
a la cabeza, pero larga, con un pabellón tan ancho como el resto de la 
oreja y más largo que en las demás personas. Toda la oreja era muy 
parecida a unos bizcochos fritos que hacían en casa y que les 
llamaban lentejuelas. La estatura un poco de regular para abajo; la 
cara apenas un poco más larga que redonda. Nunca pude saber bien 
cómo era la forma de la cabeza, porque según del lugar que se mirara 
era de diferente su forma: ya de tamaño regular, ya agrandada de 
atrás, ya redonda, ya la de un diplomático, o comerciante, o maestro 
de armonía, ya la de Colling, ya otra que no era la de Colling. ¡Ah! Me 
olvidaba de una mano, la que no tenía el cigarrillo, o justamente la 
que acudía cuando la tos: cuando estaba sentado la tenía descansando 
en el muslo, pero con la palma para arriba. 

La primera lección de armonía fue corta; pero para mí locamente 
interesante. Él daba la clase de armonía, tocaba una pieza de piano y 
hacía un cuento. La lección de armonía era según un método propio. 
La pieza que tocaba, generalmente de un francés, Widor, Saint-Saéns, 
Lack, etc., era más o menos agradable, superficial, pero raramente 
estructurada en su forma rítmica -por lo menos así la ejecutaba él. 
Tocaba todas las partes como si mostrara una casa para alquilar: aquí 


31 



la sala, aquí el comedor, la cocina, etc. No la hacía vulgar -por más 
cursi que la obra fuera- sino rítmica y tomando en cuenta, en la 
secuencia de la ejecución, la presentación y desarrollo de una idea 
desde el punto de vista de la composición. Era, además, como si 
dijera: “Primero así, después así y finalmente así. Bueno, por hoy 
hemos comido”. Tampoco era del todo mecánico; era un gustador 
habituado a una rara organización: ni injusto, ni frío, ni muy 
entusiasmado. Muy parecido a algunos críticos literarios. A mi me 
intrigaba mucho y pensaba que nunca podría saber cómo era aquello 
tan extraño de su persona. 

El cuento era ingenuo. Casi siempre se referia a la época de su 
adolescencia, cuando esfaba de pupilo en un colegio católico de 
ciegos, en París. En la clase había un niño que le había descubierto no 
sé qué cosa. Y él se había dicho para sí: “Yo te voy a aprender a ser 
delátor”. Entonces le había pedido al delátor, que cambiara con él de 
banco de clase: Colling fue al lugar de delátor y el delátor al de 
Colling. Cuando el hermano -así le llamaban al cura preceptor, que 
también era ciego- preguntó por Colling y se refirió a la lección, 
Colling no respondió. Cuando el hermano, después de mucho 
llamarlo y preguntarle y Colling no responderle, se puso furioso, fue 
al banco de Colling pero le pegó un formidable bofefón al delátor. 

Al contar esto, se reía desaforadamente. (La tos, la mano, las 
uñas.) 

Antes de irse, yo le daba el peso. Él lo estiraba, lo doblaba en dos 
muy simétricamente; después en cuatro y después en ocho; lo ponia 
en un bolsillo de arriba del chaleco; sacaba otro, doblado en la misma 
forma que tenia en el bolsillo del pantalón y lo ponia en el otro 
bolsillo de arriba del chaleco. Todo esto en medio de un silencio 
absoluto. Como siempre los combinaba de manera distinta, nunca 
pude descubrir la clave ni el porqué de ese transporte de pesos. 
Después daba la mano blanda, caliente, viscosa y hacia la sonrisa. Yo 


32 



lo quería mucho. Enseguida que se iba, venía Petrona chapaleando su 
risa y limpiaba el piano con agua Colonia, pues el teclado había 
quedado sucio con pedacitos de tabaco; también abría las ventanas. A 
decir verdad, el descuido de Colling no me llamaba la atención -ni 
me llamaban ciertos conceptos hechos- como a los demás. Yo no lo 
observaba continuamente, o lo olvidaba enseguida; para mí era una 
cosa de él, que le ocurría a él, pero que no la relacionaba tan 
estrictamente con los demás, ni con las leyes sociales. Era, sí, una 
cosa rara; pero específicamente de él, que tenía que ver con su 
historia y en la que nosotros no debíamos intervenir en forma 
demasiado rigurosa o dedicando los mismos conceptos que le 
dedicaríamos a otras personas. Mi impresión de todo eso no era muy 
precisa y me fastidiaba la insistencia de los demás con respecto a eso. 
Tal vez, porque estaba mal predispuesto a la crítica que hacían en 
casa: tomaban demasiado en cuenta algunas cosas, porque no sentían 
tanto como yo, otras. Y también yo reaccionaba contra ciertas 
verdades, porque esas verdades habían sido, en un principio, 
expuestas exageradamente. 

Una tarde llegué a casa y me encontré a Colling sentado en el 
comedor y a Petrona que le estaba mostrando un trapo azul, después 
uno verde y uno rojo. Resultaba que Colling veía los colores. Estaba 
colocado en un lugar de mucha luz y nombraba los colores después 
de mucho rato y mucho esfuerzo. Además esta búsqueda del color la 
hacía con un solo ojo, pues no sólo era ciego, sino también tuerto: el 
otro ojo se lo habían sacado en una operación en la que habían 
intentado darle vista. Ahora, mientras trataba de adivinar los colores, 
revolvía esforzadamente el ojo único arrastrando una nube 
blancuzca, rosácea y un montón de hilillos rojizos. A través de todo 
esto nosotros también adivinábamos que el ojo era azul. Nunca 
dejaba de acertar con el color que se le mostraba; pero no se podía 
hacer muchas veces la prueba, porque se le fatigaba el ojo único. De 


33 



cuando en cuando sacaba el pañuelo para limpiarse el párpado 
cerrado sobre el hueco en que había vivido el otro ojo. Había 
empezado a perder la vista a los cinco años; y a los once ya había 
quedado como ahora. Mucho tiempo después nos dijo que haeía poeo 
le habían propuesto, y con más probabilidad de éxito, una nueva 
operaeión; pero que él no tenía interés. Y cuando Petrona le preguntó 
por qué no había querido, él respondió: “Para ver a mujeres tan feas 
como ústed, mejor me quedo como estoy”. 

Si él era poco amable con ella, era porque ella ya le había heeho 
muchas. Cuando se le invitó a almorzar, las primeras veces se le dio 
vino; pero como nosotros no acostumbrábamos a tomarlo 
diariamente, un buen día no había. Entonces él lo pidió; y nosotros lo 
mandamos buscar. Otra vez que no había y él pidió, Petrona le 
alcanzó un vaso de agua diciéndole que era vino. Él se lo tomó 
callado la boca y Petrona empezó con su risa. Otras de las veees que 
no había, que él lo pidió y que Petrona le alcanzó un vaso de agua, él 
primero metió el dedo índiee en el vaso de agua y después se lo 
chupó. 

Colling quería que nosotros creyésemos que él había estado dos 
veees a punto de casarse y que con diferencia de un día o de horas, 
antes del casamiento, había dado la casualidad que la novia se le 
había muerto: una por enfermedad y la otra por accidente. Petrona 
descargaba toda su risa y se había propuesto descubrirle las mentiras. 
Una vez Colling contaba que había una monja que tenía bigotes. 
Petrona le preguntó: “¿Y usted cómo lo sabía, maestro?”. Y él: “Porque 
se los pálpe”. 

La tereera vez había logrado casarse. Pero había dejado la mujer y 
dos hijos mozos en París, para hacer una gira de eonciertos. En 
Buenos Aires un empresario lo había dejado plantado. Entonces vino 
a Montevideo. 

Su padre “era un gran señor muy distinguido”. La madre “una 


34 



mujer muy vulgar, era lavandera”. Y enseguida agregaba: “Yo salí a mi 
padre”. 

Yo no quería pensar, ni hubiera querido darme cuenta, que la 
ilusión que tenía de Colling sufría algunas alternativas. Durante esos 
instantes -como el que hablaba con desprecio de la madre- me 
ocurrían cosas que tampoco hubiera querido recordar. 
Generalmente, cuando se producía una de esas alternativas, yo 
atinaba a suspender el juicio o el concepto que enseguida se me 
empezaba a hacer; no dejaba adelantar ese motivo de contrailusión, 
me decía -pensando en él- “¡pobre!” y me preparaba a justificar u 
olvidar aquel hecho. Y entonces, aunque las palabras o gestos de él, 
siguieran recordados, se les iba apagando o transformando aquella 
intención primera, se iba desvaneciendo aquel primer mal 
pensamiento que tan pronto había concurrido al lugar del hecho y 
que amenazaba con seguir acompañando lo que después sería un mal 
recuerdo y hasta aumentar su mala voluntad. 

Si aquel pensamiento hubiera sido un ser que quería llegar a una 
isla, mi ilusión inundaría la isla para ahogar aquel pensamiento. Y así 
como de pronto me encontraba con una isla, así de pronto hacía 
desaparecer al que quería llegar a ella. Pero cuando Colling se refería 
a la madre con desprecio, aquel ser de la isla hacía inesperada y 
desesperadamente por la vida. En esos instantes yo miraba a Colling 
y todas sus facciones y toda su figura y hasta su ropa, tenían otra 
expresión; y lo que pensaba de él, del misterio de su sabiduría, de lo 
extraño de su vida, tomaba un sentido distinto, como si por un 
instante, a un paisaje le hubiera cambiado la luz. Esta vez, más allá 
del orgullo ingenuo que no sólo le perdonaba sino que hasta me 
encantaba, aparecía una sobrecarga de una realidad amarga, que no 
sólo no se justificaba, sino que perdía originalidad. Y aquí era 
también cuando un recuerdo llamaba a otros -y aquel ser de la isla se 


35 



había salvado y ya había llamado a otros pensamientos. Ya no me 
parecía tan original el desaseo de Colling; ahora tenía que ver con lo 
social. Pensaba que si en casa habian exagerado al tomar demasiado 
en cuenta algunas cosas, yo había exagerado no tomándolas en 
cuenta nada. Pero también ocurría algo más. En algún sentido, yo no 
sólo las habia tomado en cuenta, sino que las había transformado en 
objetos de ilusión. Aquella tarde que había ido a encontrarme con 
Colling, cuando al oscurecer me quedaba el recuerdo tan próximo del 
color que el sol había dado a los objetos, yo también habia 
concurrido, sin saber, con colores, con sombras dispuestas a 
intencionarse, en sentidos un poco determinados y otro poco 
fortuitos; habia iluminado el paisaje de Colling del tal manera, que 
hasta aprovechaba sus defectos para ponerlos en la penumbra -y 
valorarlos como objetos de una penumbra sugestiva-, que al ir a 
reunirse, secretamente, con un conjunto todavia ignorado, llevaban 
matices que significaban misteriosamente la totalidad presentida. 

Pero cuando Colling proyectaba algún haz de luz cruda, vulgar, 
hiriente, no sólo descubría que todos sus matices no eran bellamente 
plásticos, que no se prestaban a reunirse cuando eran llamados para 
aquella totalidad misteriosa, sino que se desunían, desvalorizaban y 
disgregaban vergonzosamente, mostrando formas como de cacharros 
heterogéneos, inexpresivos, de esos que ensucian los paisajes y que 
los pintores suprimen. 

De esto hace más de veinte años. Ahora, mientras respiro sobre 
aquellos recuerdos, estoy sentado en un banquito rojo, echado sobre 
una mesita azul, rodeado de reflejos verdosos y dorados que hace el 
sol en las plantas; y todo esto en un galpón abierto de piso de tierra, 
de una casa que a esta hora siempre está sola. En este tiempo 
presente en que ahora vivo aquellos recuerdos, todas las mañanas 
son imprevisibles en su manera de ser distintas. Sin embargo, lo que 
es más distinto, el ánimo con que las vivo, la especial manera de 


36 



sentir la vida de cada mañana, la luz diferente con que el sol da sobre 
las cosas, las formas diferentes de las nubes que pasan o se quedan, 
todo eso se me olvida. Únicamente quedan los objetos que me rodean 
y que sé que son los mismos. Todas las noches, antes de dormirme 
tengo no sólo curiosidad por saber cómo será la mañana siguiente, 
sino cómo veré o cómo serán los recuerdos de aquellos tiempos. A 
veces me concentro tanto en ellos, que de pronto me sorprende este 
presente. Y no precisamente la mañana de hoy -en que todo fue tan 
agradable, en que tuve el placer de vivir y en que me siento aislado, 
robando ratos a ciertas penas-, sino que se me hacen 
incomprensibles los tiempos en que ahora vivo. He renunciado a la 
difícil conquista de saber cómo era yo en aquellos tiempos y cómo 
soy ahora, en qué cosas era mejor o peor antes que ahora. A veces 
pienso en lo larga y tolerante que es la vida, después de haberla 
malgastado tanto tiempo. Otras, cuando pienso en los amigos que se 
me murieron y en que yo sigo viviendo, me parece que este tiempo 
es robado y que lo tengo que vivir a escondidas. Otras veces pienso 
que si me ha dado por escribir los recuerdos, es porque alguien que 
está en mí y que sabe más que yo, quiere que escriba los recuerdos 
porque pronto me iré a morir, de no sé qué enfermedad. Y hasta 
siento cómo viven los de mi familia un poco después de mi muerte y 
me recuerdan con cariño. ¿Y nada más? Pero no, yo me echo 
vorazmente sobre el pasado pensando en el futuro, en cómo será la 
forma de estos recuerdos. Por eso los veo todos los días tan distintos. 
Y eso será lo único distinto o diferente que me quede del sentimiento 
de todos los días. El esfuerzo que haga por tomar los recuerdos y 
lanzarlos al futuro, será como algo que me mantenga en el aire 
mientras la muerte pase por la tierra. Al revolver todas las mañanas 
en los recuerdos, yo no sé si precisamente manoteo entre ellos y por 
qué. O cómo es que revuelvo o manoteo en mi propia vida, aunque 
hable de otros. Y si eso hago en las mañanas, no sé qué ha pasado por 


37 



la noche, qué secretos se han juntado, sin que yo sepa, un poco antes 
del sueño, o debajo de él. 

He revuelto mucho los recuerdos. Al principio me sorprendían no 
solamente por el hecho de volver a vivir algo extraño del pasado, 
sino porque los conceptuaba de nuevo con otra persona mía de estos 
tiempos. Pero sin querer los debo haber recordado muchas veces más 
y en formas diferentes a las que supongo ahora; les debo haber 
echado por encima conceptos como velos o sustancias que los 
modificaran; los debo haber cambiado de posición, debo haber 
cambiado el primer golpe de vista, debo haber mirado unas cosas 
primero que otras en un orden distinto al de antes. Ni siquiera sé 
cuáles se han desteñido o desaparecido, pues muchos de los que 
llegan a la conciencia son obligados a ser concretos y claros. Algunos 
me deben haber engañado con audacia, con gracia, con nuevos 
encantos y hasta deben haber sido sustituidos con cosas que les han 
ocurrido a otros, cosas que yo he visto con predisposición especial y 
las he tomado como mías. Pero ahora yo confundo las etapas, lo que 
he agregado; y hasta me jugaría nada menos que la cabeza con la más 
absoluta seguridad y buena fe; me jugaría, precisamente, la autora de 
una nueva seguridad; ella se jugaría a sí misma sin ironía y con 
inocencia. ¿Yo habré sido realmente un adolescente, siempre e 
íntimamente tímido con Colling, o habré atropellado con esa rapidez 
con que los adolescentes se toman demasiada confianza a propósito 
de lo incognoscible? Precisamente, después de aquellas tentativas en 
que tan rápidamente viajaba de un sentimiento a otro, cuando los 
matices de Colling se juntaban o se desbandaban vergonzosamente, 
¿se aseguraba más mi afectividad hacia él aunque disminuyera el 
concepto? ¿Qué cosas nuevas me presentaba él -y al mismo tiempo 
inventaba yo- para empezar de nuevo? ¿O era que a mí no me 
convenía desilusionarme del todo, acaso porque iba contra lo que yo 


38 



había puesto, como el comerciante que estando metido en un mal 
negocio arriesga y pone más para salvarse? ¿O qué pasaba? ¿O qué 
otras cosas pasaban? 

Pero volvamos a los hechos concretos, los que se han tomado 
entre sí como testigos y se han asociado para certificar su 
legitimidad. Aunque no se sepa cuándo debian haber sacado patente 
de invención. 

Una tarde, casi al oscurecer, iba caminando por la calle “18”, y en 
el café que entonces habia al llegar alli, estaba Colling. Hacia mucho 
que no lo veia. Estaba con su lazarillo. Tenía ante él un gran vaso con 
una bebida lechosa. Me empezó a hablar del ajenjo y a explicarme 
cómo se lo preparaban: una pequeña cantidad en un gran vaso y 
después le dejaban caer lentamente agua de a gotas. Y entonces le 
llamaban pernod. Era su bebida. 

En ese tiempo se habia hecho una comisión de personas de la alta 
sociedad, para protegerlo. Sin duda debían ser católicos que le habían 
admirado en la iglesia de Los Vascos y les habría dado pena el estado 
de su vida. Allí mismo, en Los Vascos, tenía discípulos entre los 
sacerdotes. Él mismo me los habia presentado. Como en aquel 
tiempo era cuando yo más “vivia en la luna”, no sabia cómo se habia 
formado aquella comisión. Solamente habia oído aquella voz que 
corrió por todo Montevideo y que decia: “Colling se bañó, Colling se 
bañó”. Y que esa comisión le preparaba los conciertos que daba en el 
Templo Evangelista de la calle Constituyente. (Ahora pienso que no 
debia haber mucha relación entre la gente de Los Vascos y la del 
Templo Evangelista. Pero sencillamente podrían haber pedido el 
local del templo porque alli había un gran órgano y la sala era 
apropiada para los conciertos de órgano.) 

Algunas cosas las tocaba muy ligero. No sé quién decia que las 
tocaba ligero para demostrar que las podia tocar, tanto o más ligero 


39 



que los videntes. También podía haber tocado ligero algunas obras 
porque le resultaran simples, aburridas, desde su punto de vista de la 
ciencia armónica; o porque en la repetición que de ellas había hecho 
en su vida, ya no tuviera esa posibilidad de placer que se siente 
cuando se toca una cosa nueva o distinta a las que se poseen; o podría 
tocar ligero porque no recordaba bien -y la tendencia en este caso es 
a apurar la ejecución-: “los peligros pasarlos pronto”. Pero la verdad 
es que algunas las tocaba demasiado ligero y que dio lugar a un hecho 
lamentable en plena sociedad. Cuando estuvo en Montevideo el gran 
pianista argentino Ernesto Drangosh y en un lugar donde estaba 
reunida la alta sociedad, éste sintió tocar a Colling un preludio y fuga 
de Bach para órgano. En el momento en que fueron a felicitar a 
Colling y había alrededor de él personas muy serias, Drangosh, 
después de los primeros cumplidos, le dijo muy disimuladamente, 
que había estado hacía poco en Alemania y que allá esa fuga la 
tocaban más lenta. Y entonces Colling respondió: “¡Ah!, eso es 
porque a los alemanes les pesan más las asentaderas que a los 
fránceses”. 

Aquella tarde me dijo que cuando la comisión le había dicho que 
no tomara ajenjo, él había contestado que era dueño de sus actos y 
había mandado la comisión a rodar. 

Salimos caminando del café y los acompañé hasta donde vivían: 
un conventillo en Olimar entre “18” y Colonia. Mientras 
terminábamos la conversación pasaban cerca nuestro, personas que 
entraban en el conventillo. Haeía rato que era la noche. Lo más 
concreto en que los ojos se apoyaban durante la charla, era en los 
ángulos de la sombra que se movían hasta la mitad del pequeño 
zaguán. Avanzaban y retrocedían porque alguna ráfaga balanceaba un 
foco de luz que estaba colgado en la mitad de la calle. Todo lo demás 
eran formas viejas, sucias, mugrientas, con olor, con entradas y 
salidas de gentes desconocidas, etc. 


40 



Nunca supe bien cuál era la pieza de Colling y la de la familia que 
lo acompañaba de conventillo en conventillo. Era un matrimonio con 
muchos varones. En la edad escolar iban siendo -en las horas en que 
no iban a la escuela- lazarillos de Colling; y después, canillitas. A 
Colling no le parecía del todo completa la instrucción que recibían en 
la escuela y les enseñaba, por su cuenta, historia. En el momento que 
yo habla llegado al café, le estaba hablando al niño de historia, 
estaban terminando con Napoleón. 

Yo no había podido saber dónde quedaba la pieza de Colling a 
pesar de haber llegado varias veces y en distintas luces del día a la 
entrada del conventillo. Si en la noche el conventillo apretaba su 
boca negra, sucia y deshecha en el zaguán y el zaguán respondía al 
foco que se balanceaba en la mitad de la calle mascullando sombras 
contra la luz, en el día, a través de él, se veía un patio claro, a la 
intemperie, con sol sobre su ropa colgada (blanca, rosada, roja, 
salmón, negra, etc. Y una vez vi inflarse con el viento unos inmensos 
bolsones lila). El patio era de grandes piedras, barnizadas de mugre 
oscura, con charquitos de agua enjabonada y sobre las que pasaban 
sombras de las ropas colgadas. Además había sombras de turno: una 
vez ante las piezas de la derecha y otras en las de la izquierda. En la 
boca del zaguán, del lado de la derecha, aparecía Colling y el lazarillo 
cuando menos los esperaba. 

Mucho tiempo después -no sé cuánto ni las cosas que mientras 
tanto pasaron- una mañana yo iba a buscar a Colling porque ese día 
el lazarillo no lo podía acompañar. Él vivía en otro conventillo y 
nosotros también nos habíamos mudado a otra casa de la calle Minas. 
Esa mañana yo no hubiera querido salir de casa. Y eso que dos días 
antes esperaba ansiosamente el momento de ir a buscarlo, pues había 
terminado una composición y tenía mucha impaciencia porque él la 
conociera. Pero ahora estaba saturado de ella y con esa saturación 


41 



había descendido el concepto y la ilusión que tanto se remontara 
algún tiempo antes. Y lo más fuerte del caso era que ahora estaba en 
otra cosa: había empezado a desencadenar furia a favor -o contra- 
del Carnaval de Schumann. Lo había empezado a estudiar el día antes 
y me había prendido de él con todas mis fuerzas: tenía todo el 
espíritu lleno de su belleza y de un abismo de promesas que me hacía 
suponiendo todos los placeres que tendría cuando lo supiera. Y todo 
eso se multiplicaba y se transformaba aumentando ahora el placer 
inmediato, irrefrenable de embestir casi brutalmente. La noche antes 
había revuelto en él las manos, la cabeza y toda el alma hasta muy 
tarde. Y antes de dormirme me había hecho la promesa de 
levantarme temprano para tener tiempo de seguir en él hasta el 
momento de salir a buscar a Colling. Pero yo tenía predisposición a 
quedarme demasiado tiempo en cualquier inercia y esa mañana me 
costaba mucho levantarme. La mañana era luminosa y límpida. Yo 
me había despertado muy cerca de ella porque mi habitación era un 
largo altillo que quedaba muy próximo a una claraboya y ésta daba 
directamente al cielo y a la mañana. Al despertarme había pensado 
en el Carnaval y había sentido el día; era de esos que hacen decir a 
alguno de la familia, que el día es lindo, que sería lindo ir a tal o cual 
lugar; y las voces se sentían con una sonoridad especial y uno se 
quedaba escuchando las voces. Después, el ánimo está como para 
levantarse despacio y se compensa la tarea de levantarse 
encendiendo un cigarrillo. La luz fuerte hace arrugar la cara para 
defender los ojos. Al arrugarse la cara se estira la boca como si se 
sonriera. De ahí a la sonrisa no hay nada. Y como la mañana está 
linda y se dice alguna broma y es el día, la hora y la oportunidad de 
reconciliarse con alguna cosa, entonces uno se queda con la sonrisa. 
Solamente se suspende cuando los labios se amontonan alrededor de 
la bombilla del mate amargo. Y así es como se hace tarde y tengo que 
salir apurado a buscar a Colling sin haber metido las manos en el 


42 



Carnaval. 

Nosotros vivíamos en Minas entre Asunción y Lima. En la vereda 
había viejos paraísos. Seguí por Minas en dirección a “18”. El sol 
quebraba todas las cosas y hasta parecía que también era él el que 
quebraba los ruidos del día. La mañana era milagrosa. La atención 
flotaba sobre todas las cosas y sin embargo había que pensar en man- 
tener el apresuramiento de los pasos. Pero uno se distraía hasta con 
el polvo que se levantaba entre las patas de los caballos y los rayos de 
las ruedas de un carro pesado. Había que renovar a cada momento el 
apresuramiento de los pasos. Y entonces, al mucho rato, cuando uno 
lograba acomodarse en la nueva inercia, podía seguir ligero y de un 
tirón hasta lo de Colling. Por él había sabido que el nuevo conventillo 
quedaba en Gaboto, cerca del mar; era la primera vez que iba. Este 
conventillo era un poco menos concurrido y un poco menos sucio 
que el anterior; pero la disposición de las piezas bastante parecida. 
En el medio del patio había piletas. Una de ellas tenía al borde, una 
mujer lavando: 

-¿Aquí vive el maestro Colling? 

-Aquí no vive ningún maestro. 

-¿No lo habrá visto pasar con un lazarillo? 

-¿Con qué se come eso? 

-Es el botija que acompaña a un ciego. 

-Ah, el ciego. Aquella pieza. Una antes de la del fondo. 

Llamé con los nudillos. La mujer me gritó “entre”, con voz y gesto 
que parecían una síntesis de “dejáte de cumplimientos y entró; ya con 
lo del lazarillo me quisistes tapiar”. ¡Qué pena! Era joven y linda; pero 
desde adentro de aquel gran pañuelo blanco con que se cubría la 
cabeza no salía nada que fuera amable. 

Empujé la puerta y ¡blum!... se me vino encima el formidable vaho 
de Colling. Sin embargo entré. Pero no me animé a cerrar la puerta 
del todo. A dos pasos estaban los pies de la cama; la cabecera daba 


43 



contra la pared. A medida que me iba acostumbrando a la oscuridad 
y mientras esperaba que se despertara Colling, iba descubriendo los 
objetos. Ya le había dicho con voz no muy fuerte “maestro”; y él no 
me había contestado. Como era ciego no me podía dar euenta cuándo 
estaba despierto. El cuarto era chico y estaba lleno de caehivaches: 
pedazos de un aparador, sillas sin esterilla y con alguna pata de 
menos; y otros muebles deshechos. En el rincón de la izquierda un 
roperito de madera blanea que estaba negro; y que también parecía 
tuerto porque tenía un pedazo de espejo de un solo lado. Y tal vez 
cuando pensé que Colling no podría mirarse en él, fue cuando se 
despertó. Dijo “¿aba?” como el que descubre algo que esperaba. Y 
entonces empezaron a oeurrir una serie de acontecimientos extraños 
para mí. Primero él dijo que era temprano; y enseguida empezó a 
sacarse una frazada rosácea y apareció en su pescuezo el euello y una 
corbata de moña, de esas que se sujetaban con un resorte; después el 
chaleco y por fin la mano se metió en el bolsillo y sacó el reloj - 
regalo de no sé quién a los ciegos de la gran guerra-; tanteó la aguja 
sobre los puntos en relieve y después cerró la tapa y lo volvió a 
guardar. La otra mano -todo esto sin él levantarse- fue al cajón de la 
mesa de luz -de la misma madera blanea que el roperito tuerto- y 
sacó los cigarrillos y los fósforos. Cuando echó humo por la sombra 
que tenía debajo de la nariz y tosió, la mano que sacó el reloj -y la 
que me había acostumbrado a esperar de ella sorpresas melódicas- 
fue para abajo de la cama y sacó un balde hecho de una lata de 
kerosén. Allí escupió. Pero la gran sorpresa fue cuando de pronto se 
sacó toda la frazada rosácea -digo rosácea por decir algún color- y se 
paró al lado de la cama. Yo pensé -también sorpresivamente- en un 
paje de la edad media de una novela de Dumas. Donde terminaba el 
chaleco, empezaba la camisa, repollada, en forma de pollerín o 
volado. Y tenía manehas desvanecidas como se suelen ver en los 
mapamundis. Después todo el cuerpo desnudo, muy blaneo. Este 


44 



súbito desnudo es lo que me debe haber hecho pensar en la malla o 
tela ajustada al cuerpo de los pajes. Y el ambiente de la novela de 
Dumas me lo debe haber hecho recordar el tugurio. Al final de su 
persona -la que había empezado a ver desde la cabeza- estaban las 
medias dobladas sobre los botines. Éstos tenían cierto lustre; sin duda 
se debía haber dado muchas vueltas en la cama durante el sueño. 

Enseguida de ponerse los pantalones llamó a una puerta que 
quedaba a la izquierda y vino la madre de los lazarillos. Me la 
presentó. Ella era amable, sonriente. Y recién en ese momento fue 
cuando yo miré la frazada y vi en ella moverse unos bichos que no sé 
si eran pulgas o chinches. Después levanté la vista y me encontré con 
el ojo vivo del roperito tuerto. Yo no había hecho ningún gesto; pero 
pensé en los chillidos que hubieran dado mi madre y mis hermanas si 
hubieran visto aquello. La señora se había ido y vuelto con una 
palangana. Cuando se fue y cerró la puerta, Colling me dijo con una 
sonrisa: “Hoy me trajo agua caliente porque está ústed”. Tomó la 
toalla que estaba en el respaldo de una silla y mojó una punta en la 
palangana, que estaba en el asiento de la silla. Se pasó la punta 
mojada por detrás de las orejas, por la frente, solamente por el hueco 
donde había vivido el otro ojo y volvió a dejar la toalla en el respaldo 
de la silla. Entonces no me extrañé de las manchas debajo de la nariz 
ni de la costra agrietada que tenía en la cabeza. 

Yo quería salir de allí cuanto antes; pero él decía que no había 
apuro y me contaba que el padre de los lazarillos llegaba todas las 
noches muy tarde, borracho y que solicitaba la mujer a gritos. 

Salimos a la mañana muy contentos y él me empezó a relatar una 
anécdota que le había ocurrido con Saint-Saéns. Yo ya lo había oído, 
aunque con menos detalles, porque la había contado una familia 
uruguaya que la había sabido en París. De manera que tenía 
posibilidades de ser cierta. Colling me describía la sala de París 
donde había tenido lugar aquel curioso encuentro. Yo iba pensando 


45 



en el tugurio de donde acabábamos de salir, en el contraste con la 
sala de París y de pronto recordé los bichos y me di cuenta que al 
darle el brazo podían correrse para mí. Aunque esa idea me 
sobrecogía, traté de no hacer caso; porque la mañana era muy linda y 
porque me parecía una mezquindad y una traición preocuparme de 
eso, ahora que íbamos tan contentos y él me contaba una anécdota 
tan interesante: 

Habían sido invitados los dos, Colling y Saint-Saéns, a la tal sala 
de París, como a un duelo; pues parece que le habían ido “con 
cuentos” a Saint-Saéns, de que Colling era un gran improvisador. Ya 
en el terreno del honor, Saint-Saéns dijo a Colling: “Me han dicho 
que usted, a pesar de su juventud, hace cosas extraordinarias. Y eso 
me recuerda mi propia juventud, porque en esa época yo también 
hacía cosas raras”. Aquí Colling me decía como comentario propio, 
que Saint-Saéns era muy orgulloso. Yo, que sabía todo lo orgulloso 
que también era Colling recordé no sé qué dibujo en que dos grandes 
mentirosos se daban la mano y que en la leyenda decía: “Dos 
potencias se saludan”. Y efectivamente Colling le contestó: “Bueno 
vamos a ver si las cosas que yo hago ahora, que soy joven, se pueden 
comparar con las cosas que ústed hace ahora que no es joven”. A lo 
que el otro respondió: “Entonces yo improvisaré primero”. 
Improvisarían a los estilos de Palestrina, Bach, Beethoven, 
Schumann, Schuhert, Chopin, Wagner y Liszt. Se sortearon entre los 
músicos concurrentes para dar los temas. Saint-Saéns empezó al 
estilo de Palestrina. Cuando más antiguo es un autor más difícil es 
improvisar en su estilo porque hay que sujetarse a los medios de 
aquella época, que eran muy restringidos y las leyes muy severas; el 
improvisador de ahora tendería, naturalmente a aprovechar las 
libertades y los medios que se han agregado desde aquellos tiempos 
hasta ahora. Al primer acorde, Colling puso la mano en el hombro de 
Saint-Saéns y le preguntó: “¿Este acorde pertenece a la 


46 



improvisación?”. Y cuando Saint-Saéns le contestó muy molestado 
que si, y que aquel acorde lo usaba Palestrina, Colling le respondió: 
“Sí, pero nunca para empezar; ese acorde lo usaba Palestrina en tal 
circunstancia y en relación a tal otro acorde; y ninguno de ésos en el 
comienzo de una composición”. Y de ahí para adelante la cosa seguía 
peor porque Colling lo interrumpía muy a menudo. Entonces se 
decidió que Colling debía esperar hasta el final. Según Colling, Saint- 
Saéns había improvisado todo, más o menos mal; pero Wagner lo 
peor de todo. (Colling se calificaba a sí mismo de “fanático 
admirador de Wagner”) Y por fin Colling dijo que lo que Saint-Saéns 
había improvisado mejor, era Liszt. Después improvisó Colling sin 
que Saint-Saéns lo interrumpiera ninguna vez. Y al final había dicho: 
“Este joven me ha vencido; pero es el único”. Así, con este final, me 
lo contó Colling. Y agregó que después se habían hecho muy amigos 
y que Saint-Saéns lo había invitado a una posesión que tenía en 
Argelia. 

Casi todo el tiempo yo iba mirando al suelo para que Colling no 
tropezara. Recordaba que él se había quejado de que Héctor -el 
último lazarillo- no le avisaba al bajar y subir las veredas ni le 
advertía cuando había impedimentos; y él andaba a los tropezones y 
casi cayéndose. Yo había escuchado la anécdota de Colling con 
dificultad, con una atención desigual y como fragmentada. Y no era 
porque él se interrumpiera ni tampoco porque yo hubiera sido 
demasiado atraído, ahora, por los ruidos y la visión de la mañana; ni 
porque tuviera una guardia demasiado constante contra los 
tropezones de Colling. Más bien diría que era mi atención la de los 
tropezones; y que tropezaba en pensamientos incómodos, en ciertos 
impedimentos o angustias que yo había tenido siempre para no poder 
ser feliz en el momento que hubiera podido serlo. De pronto, 
mientras Colling hablaba, me di cuenta que me habia atrasado en su 


47 



relato y corría detrás de sus palabras dando traspiés y tratando de 
alcanzarlo. Entonces tenía que acudir al recuerdo reciente de sus 
palabras, cuando todavía no habían terminado de grabarse ni habían 
empezado a hacerse recuerdo. Y me daba fastidio tener que correr 
detrás del rastro, de las huellas frescas que iban quedando en la 
memoria; y me veía ridículo atrapando el eco y revisando 
apresuradamente su contenido. Si la anécdota de Colling hubiera sido 
una alfombra que se desenrollara mientras caminábamos y mis ojos 
hubieran sido llamados por su trama, dibujo y color, también podría 
decirse que había otras cosas que llamaban los ojos; y eran algo así 
como bultos que se movían debajo de la alfombra. Yo veía los bultos 
y los movimientos pero no sabía qué objetos los producían. Y 
entonces, para ahuyentar las angustias tenía que levantar la alfombra 
y descubrir los objetos; pero no tenía tiempo de observar estos 
movimientos de las angustias porque tenía que correr detrás de las 
palabras de Colling. Solamente cuando la conversación de él aflojaba 
o tenía poco interés, aprovechaban a entrar en mi atención los 
pensamientos de las angustias; ellos cubrían esos otros instantes y 
exigían que se les atendiera. Ya habían estado merodeando algunos: 
eran a propósito de la actitud que había tenido la muchacha del 
pañuelo en la cabeza. ¿No habría sido cierto que por ser una 
muchacha linda yo hubiera querido sobreponerme a ella diciéndole 
una palabra refinada? Para ella, “lazarillo” sería una palabra refinada. 
¿Y que después me hubiera angustiado porque habría sentido que ella 
reaccionaba respondiendo con aquella actitud? Siempre me ocurría 
lo mismo con algunos hechos: yo era despertado por ellos; accionaba 
espontánea y alegremente; ellos llegaban inesperados y sorpresivos; 
y yo no sabía ni pensaba que después volverían y empezarían a 
merodear; ni cuáles de ellos serían los que me volverían, los que se 
me habrían quedado pegados con angustia. Cuando la muchacha me 
habló con aquella reacción, yo me quedé contemplándola; estaba 


48 



completamente ocupado en contemplarla; y hasta en obedecerla, 
como cuando me dijo que entrara. Después, me había quedado en la 
memoria mi propia actitud pasiva; y me avergonzaba y me fastidiaba 
hasta la angustia. A veces atinaba, yo también, a reaccionar a tiempo. 
Pero mi maldito ritmo, mi lentitud, hacía que casi siempre llegara 
tarde o fuera de lugar. Entonces ésos serían de los hechos que 
después volverían. Y eran capaces de volver, hasta después de años. 
Y al recordarlos, de pronto, hacía inevitablemente, una contracción 
de todos los músculos. 

Otras de las cosas que en aquella mañana me volvían, eran los 
bichos de Colling. Después de la sorpresa y de pensar en el escándalo 
que habrían armado en casa, si hubieran visto aquello, me di cuenta 
que en realidad a mí no me había causado una impresión tan grande 
como debía, que para sentir una gran repugnancia hubiera tenido que 
dedicarme a meditar sobre el desprestigio de aquellos bichos. Y 
entonces empecé a pensar si no me fallaría la sensibilidad, si no 
estaría sintiendo asco con conceptos prestados; y una serie de 
pensamientos más, de esos que apenas llegan a hacerse 
pensamientos. 

Cuando Colling, en su anécdota, había nombrado a Schumann, yo 
había recordado el Carnaval y me habían atacado los deseos de 
embestir hacia él y la angustia de no poder hacerlo. Ese día, mi 
capricho tendría muchos opositores: personas, hechos, 

circunstancias; lo peor sería la clase de armonía; y no sólo porque 
esas clases cada día me resultaban más penosas y complicadas, sino 
porque además tendría que ocuparme de mi composición, la cual me 
había desilusionado. Y ahora, en vez de pensar en otra cosa, seguía 
pensando en eso: sentía la necesidad de atender los inconvenientes 
que se me presentaban como si se me hubiera despertado la pasión 
de coleccionarlos; tal vez porque así justificaba, en cierto modo lo 
que tomaba proporciones de desgracia; mi manera de protestar 


49 



contra los opositores era mostrarles lo mal que me iba a causa de sus 
oposiciones. Pero a los opositores no les importaba nada de esto y el 
que salía perdiendo era yo, porque después que ponía en marcha ese 
sentimiento de disgusto no lo podía detener. Y todavía se me aguzaba 
más la susceptibilidad, se me hacía más delicada y me acarreaba más 
angustias. De ahí el sentirme desgraciado y ridículo corriendo detrás 
de las palabras de Colling para atrapar el eco; y de pronto pisarle los 
talones, detenerme, pensar en mi capricho y en la angustia que 
insistía sordamente como aquellos bultos que se movían con lentitud 
debajo de la alfombra; y volver a correr detrás de Colling y volver a 
pensar en los hechos que se me habían quedado pegados como patas 
y alas de insectos en un pantano. 

A la hora de la siesta, mi hermana, la mayor, le leía los artículos de 
política que publicaba la revista Atlántida. Si esto hubiera ocurrido al 
principio de nuestras relaciones yo me hubiera sentido obligado -por 
alguna debilidad del momento- a acompañarlo en la lectura, aunque 
no me interesara. Como siempre, me hubiera costado entrar en ella; 
y después me hubiera costado salir. Pero ahora teníamos la suficiente 
confianza como para no sentirnos obligados a estar en la misma cosa 
si no nos interesaba a los dos. Entonces, me había tirado en la cama. 
Desde allí sentía la tos de Colling y empecé a pensar en su vida. Él no 
parecía sentir preocupación por ella: tenía puesta una vida vieja y se 
sentía muy cómodo. Claro que su vida vieja tenía bichos y eso no 
siempre sería cómodo; pues recuerdo que algunas veces en las clases, 
sin duda cuando ya no podía aguantar más la picazón, soltaba de 
pronto, con sorpresa violenta de resorte escapado, un manotazo que 
empezaba a rascar con rabia largo tiempo contenida. Ahora yo 
trataba de imaginarme cómo Colling habría llegado a eso, a tal estado 
de despreocupación. Tal vez si le hubieran dicho que alguien, alguno 
de sus admiradores, iría a su pieza y le mataría los bichos, para 


50 



cuando él llegara no hubiera ninguno, él hubiera contestado “bueno” 
-como decía cuando yo le proponía una forma de resolver acordes de 
armonía que no tuviera errores. Pero si el matar los bichos implicara 
una inmediata molestia o incomodidad cualquiera, si en el momento 
de salir se le dijera que esperase un momento, que le iríamos a 
buscar a la farmacia polvos insecficidas, enfonces hubiera rehusado 
el ofrecimienfo: “Nó, entonces nó; puedo seguir como hasta ahora”. 

También en su placer sería perezoso; por no ir a buscarlo a un 
lugar que no quedara cerca, obligaría al placer a arrinconarse en los 
lugares que primero se le presentaran; aquí, el placer, se le 
acomodaría en el inmediato hecho de rascarse. 

La tristeza que me inspiraba el abandono de Colling, tenía 
distintos matices: cuando pensaba que él era abúlico por naturaleza, 
la tristeza tenía cierto matiz de gracia, era una humorada triste; si 
pensaba que él era así a consecuencia de la incomprensión de los 
demás, entonces me sentía aludido en alguna forma y la tristeza tenía 
cierta contrariedad que no se prestaba a describirla placenteramente. 
Acaso, para estar profundamente triste por alguien, habría que tener 
entre muchas otras cosas, una gran imaginación. Yo apenas alcanzaba 
a tener la impresión de que Colling antes no había sido así, o por lo 
menos hasta ese extremo; que de todas las cosas que habría hecho 
andar en su vida, la que había tomado más fuerza y conservaba más 
inercia, era la armonía. Y todo lo demás, se le iría muriendo primero. 
A lo mejor, antes, el orgullo de ser un gran músico se la habría 
extendido a todos los demás actos de su vida y habría mostrado más 
unidad o relación en sus actos; a lo mejor se le habrían juntado, a su 
joven orgullo, los deseos de mostrarse con actitudes o formas de vida 
que tuvieran tanta dignidad estética como la que él pensaba que 
habría en su arte. Después deben haber ido acentuándose las 
tendencias a dejarse ir, a emplear menos preocupación por todo lo 
que no fuera música; y a jusfificar su abandono con cierto concepto 


51 



de fatalidad ya tan hecho en tantos espíritus; ya lo estarían esperando 
con los brazos abiertos los conceptos de que él no podría 
preocuparse de sí mismo -en el sentido del aseo- porque “estaba en 
otra cosa” y porque “a un artista se le perdona todo”. Pero Colling - 
por lo menos ahora- justificaba su desaseo de otra manera: “La culpa 
la tenían los demás, porque lo habían abandonado”. Una vez, en un 
café, me había dicho: “¡Debajo de este buen humor fránces, tengo un 
pesimismo!”. En aquel tiempo, aquella manera de hablar me había 
parecido una postura cursi. Después me he encontrado con 
franquezas expresadas en formas tan desmañadas y blandas, que en 
el primer momento me indignaron por su aspecto de falsedad; otras 
veces tenían cierta ridiculez tan cómica, que se necesitaba un gran 
esfuerzo para no reír; y no siempre el dueño de un dolor tenía a 
mano la expresión correspondiente, sabida por nosotros. Lo que daba 
más angustia, no era que se escondiera un dolor, sino que el que lo 
sufriera diera la terrible sensación de haberse equivocado de careta. 
Y Colling me había hecho equivocar muchas veces. Ya, en lo de tener 
juntas sus grandes virtudes y su poca higiene, me había predispuesto 
a querer encontrar en el misterio de otros hombres célebres, poca 
higiene cuando veía grandes virtudes. Y realmente, algunas veces no 
ocurría así. 

Cuando aquella tarde nos encontramos en la sala, yo ya había 
tenido tiempo un rato antes, de tocar el Carnaval. Y todavía él, ya 
fuera por la oportunidad de tener por delante una obra importante o 
porque percibiera mi entusiasmo, me propuso que analizara algunas 
de sus partes. Recuerdo que también toqué mi composición, la que 
después de haberla abandonado por la saturación que me había 
producido y porque se me había despertado el entusiasmo del 
Carnaval, me pareció mejor. Y fue entonces cuando él, para 
corregírmela, se sentó al piano y tocó de memoria algunos trozos de 
ella; y cuando yo empecé a pensar en su memoria; y por ahí deben 


52 



haber llegado a formarse aquellos conceptos y aquellos sentimientos 
sobre su obra y sobre su vida que tantas consecuencias tuvieron. No 
sé precisamente si fue aquella tarde o fue otra muy parecida, cuando 
también yo pensé en su memoria y después él me enseñó los modos 
chinos. Antes él me había contado, que habiendo oído dos veces una 
sinfonía que duraba cuarenta minutos, la había conservado tan bien 
en la memoria, que después había podido transcribirla entera para 
piano. Después me había empezado a enseñar los modos chinos. 
Hacía mucho tiempo él había compuesto una obra con ellos: se 
llamaba Manchuriana. Me dijo que como los modos chinos tenían 
algo de celestial, él los había aprovechado para describir un 
casamiento en Manchuria; o había inventado la boda para aprovechar 
los modos chinos. Después para darle “variédad” a la obra, había 
aprovechado la brusquedad pintoresca de unos acordes que había 
encontrado; y con ellos había interrumpido el casamiento haciendo 
pasar en medio de la boda, un batallón de cosacos. Después volvía la 
boda y al final se sentía el eco del batallón. 

Aquella tarde, yo estaba triste. Al principio, la composición de 
Colling me dio una alegría de regalo infantil. Pero después fui 
sintiendo tristeza. Y me di cuenta que en la alegría que había tenido 
antes, ya venía empezada la tristeza. Era como una tristeza que dan 
algunos juguetes ajenos después del primer instante; cuando uno 
siente que no son lindos y que el otro los ama mucho. También era 
como una reliquia gastada que otro conserva. Colling había puesto 
aquellos muñecos -los novios de la boda y los cosacos- en una 
vitrina con telas de araña y todo estaba lejísimo, en su juventud. Y él 
no sabía que estaba lejos y con telas de araña; y vivía con aquel 
tiempo encerrado; y como se comunicaba con nosotros, él creía que 
vivía ahora. Pero seguía viviendo ahora con aquel tiempo de antes 
encerrado. Sabiendo poco uno de otro, nos entendíamos muy bien; 
pero vivíamos tiempos y vidas distintas. 


53 



Él tenía mucha memoria. Pero yo empecé a hacer poco caso de 
eso: eso era como una mala costumbre de él. Cuando viniera gente a 
oírlo, yo mostraría la memoria de él como si mostrara un mono viejo, 
cansado de hacer la misma prueba. Pero además de la mala 
costumbre de ponerse las cosas en la memoria, tenía la manía de 
improvisar; y en esto, la testarudez de un recordista. 

Ahora Colling era como una estación de la que salían y a la que 
llegaban ciertos vehículos, más o menos siempre los mismos - 
aunque de pronto él los reformara y yo tardara un momento en 
darme cuenta que eran los mismos. Al principio me parecía que los 
vehículos fueran siempre distintos y de novedades sorprendentes. Y 
esto ocurría hasta cierto tiempo. Pero después las transformaciones o 
los cambios iban perdiendo iniciativa; y por más recorridos distintos 
que hicieran, ya empezaban a ser demasiado los mismos y se 
reconocía enseguida la empresa. De pronto empecé a descubrir que 
Colling se me presentaba, más como gerente o administrador de 
compañía de vehículos, que como creador de la empresa. Si se le 
pedía que improvisara al estilo de un autor, si se le daban, por 
ejemplo, cuatro notas para que improvisara al estilo de Beethoven, él 
ya tenía pronto el vehículo -Beethoven. Y cosa curiosa, según él, 
también se ponía en el espíritu de Beethoven. Al escucharlo se 
encontraba algo, formas, acordes que habían sido constantes en la 
vida de las composiciones de Beethoven: aquello tenía un fuerte 
gusto a Beethoven. Pero enseguida daba en cara, nos encontrábamos 
con la alegría engañada y con el fastidio de la adulteración. Aquello 
había sido hecho quién sabe con qué residuos de Beethoven, con qué 
consecuencias que se podían sacar después. Aquel Beethoven de cera 
daba tristeza. Pero se podía tomar un vehículo -Beethoven auténtico. 
Aquella falsificación no tenía objeto. Y entonces tomando una 
composición auténtica de Beethoven, todo cambiaba como en un 
sueño y las composiciones de Beethoven vivían y no había más 


54 



vehículo. 

Pero claro, Colling no pretendía hacer pasar como de Beethoven 
lo que era de él. Precisamente, el mérito estaba en que aquello no 
fuera de Beethoven; y que sin embargo se pareciera. Colling era un 
romántico falsificador de billetes, que no pretendía hacerlos pasar 
por verdaderos, ni pretendía comprar nada con ellos. Él no 
especulaba con billetes falsos. Al contrario, tenía interés en mostrar 
que aquello era suyo y que el hacerlo acreditaba conocimiento y 
habilidad. Y aquella habilidad caería en cabezas somnolientas de 
asombro y pensarían en los genios. Cuando la admiración empezara 
por la habilidad, seguiría suponiendo quién sabe qué cosas; y a lo 
mejor deducirían algo así: si un hombre puede imitar así la obra de 
los demás ¡cómo será la suya! Para mí, la suya era triste, como 
cuando un niño ama un juguete vulgar y lo guarda con cariño. 

Pero mucha más tristeza me dio al mucho tiempo, al saber que él 
había mandado los muebles a depósito y que dormía en el Ejército de 
Salvación. Fue una de aquellas tardes cuando mi hermana, la de 
“Pobre María”, me dijo: “Mamá ya está convencida; ahora falta papá. 
Lo pondremos en la piecita donde está la escalera que va a tu altillo”. 
Y se nos abrió toda la alegría. 

Una mañana llegaron los muebles: el roperito tuerto de madera 
blanca y la mesa de luz; la cama y otra mesa pequeña en la que él 
trabajaba. Él vendría al anochecer. En casa habíamos resuelto que 
cuando él llegara no habría nadie más que yo. Entonces le ofrecería 
lavarle los pies y era posible que aceptara. Estábamos muy contentos. 
Yo fingía trisfeza y le decía: “¡Parece mentira, maestro, cómo lo han 
abandonado! ¡Pensar que ha tenido que ir a dormir a ese lugar donde 
a lo mejor hay bichos!”. Y él empezó a contestar antes que yo 
terminara la frase: “Yo en París era un gentlemán”, subiendo el tono la 
frase hasta terminar en el acento agudo de “gentlemán”. Cuando 
aceptó poner los pies en el agua, traje una gran palangana y empecé a 


55 



sacarle los zapatos. Tenía puestos dos pares de medias. El primero se 
lo había dejado, porque si se lo hubiera sacado, le hubieran hecho 
doler mucho unas lastimaduras y barrites que tenía en las piernas. Yo 
se las fui sacando muy despacio y mojándole los pies con el agua 
tibia. Todavía recuerdo la luz de la portátil que daba sobre todo 
aquello. La situaeión era tan extraña, que mi cabeza, para animarme, 
me pensaba cosas como en broma. Cuando me encontré que las uñas 
al alargarse se habían heeho una garra doblada haeia abajo, la cabeza 
se me puso a pensar esto: tenía razón Darwin, el hombre desciende 
del mono. 

Aunque su gran facilidad para improvisar y para memorizar, 
parecía que le hubiera avanzado hasta comerle la mayor parte de la 
cabeza y del alma; o que le hubiera salido de algún lugar de su 
persona y se le hubiera desarrollado fuera del eontorno natural de su 
alma; a pesar de que hubieran bajado las acciones con que yo 
cotizaba sus virtudes -es cierto que le quedaba el organista; y en eso 
era un maestro-; a pesar de su estado, que en aquella época no se 
prestaba para ilusiones, la primera mañana que me desperté sabiendo 
que Colling estaba en casa, sentí su presencia como la de un prestigio 
aún no ealificado. Había llegado a easa por un accidente, por un 
privilegio de circunstancias no comprendidas del todo. Había algo en 
su misterio que viajaba de incógnito. Uno confiaba en su inoeencia y 
después estaba el misterio. Y todo era tan inofensivo como leer un 
libro de la antigüedad. 

En la noche se levantaba a menudo y hurgaba en el cajoncito de su 
mesa de trabajo. Mi sueño liviano era deshilvanado por el ruido de 
sus pasos -siempre persistía en dormir con zapatos. Las etapas de mi 
sueño no se alejaban; porque mi sueño era eonfiado y las cosas que 
habían quedado cerca se juntaban para seguir. 

La primera vez que lo vi lavarse las manos había abierto la canilla 


56 



hasta que la palangana estuvo llena; después tomaba el jabón con la 
punta de los dedos y lo pasaba -con la lentitud con que manejaría 
una piedra maravillosa- por ambas earas de la mano eontraria. 
Después sumergía las dos manos lentamente hasta que las palmas 
tocaban el fondo de la palangana y hacía algunos movimientos, 
igualmente lentos, siempre con las manos estiradas y los dedos 
juntos, como si moviera objetos de una sola pieza. Después, con la 
lentitud que tendrían los submarinos en aparecer en la superficie, las 
iba sacando y pedía la toalla. Otra vez, antes de ir a la mesa y cuando 
se le invitó a lavarse las manos, las sacudió una contra otra como si 
tocara los platillos en una banda y como si esperara que se 
desprendiera de ellas algún polvo fino, y dijo: “No hay necesidad”. 

Lo vi enojado una vez, en broma. El roperito tuerto estaba lleno 
de manojos de papel en blanco, que para él estaban escritos porque 
tenían puntos en relieve. La mañana del enojo en broma acomodaba 
los manojos y decía: “Ésta es la miseria en cuatro tomos”. Pero 
cuando reíamos hasta las lágrimas, era cuando cantaba: cantaba 
nombrando las notas y también las alteraciones; pero mientras 
nombraba las alteraciones pasaban como de contrabando, otras 
notas. Por ejemplo, si cantaba las ocho notas de la escala -contando 
la octava- decía: “do-na-tu-ral-y-re-tam-bién”. En rigor había 
nombrado las dos notas, do y re; pero mientras decía: “natural y 
también”, pasaban todas las demás. En medio de un melancólieo 
nocturno de Chopin, cuando de pronto cantaba: “y mi bemol 
también” no era posible no entregar el alma a una manera tan 
ingenua de la alegría. 

En casa decían que él se disgustaba cuando no cumplimentaban al 
lazarillo. En ese tiempo el lazarillo se llamaba Héetor y tenía oeho 
años. Se le daban revistas para que las mirara en el comedor. Y 
cuando había dulce con almíbar se le servía un plato. Una tarde mi 
hermana menor me llamó para que desde un lugar escondido 


57 



viéramos al lazarillo: después de haberse comido el dulce del plato 
iba al aparador, metía las manos entre una sopera que tenía dulce de 
boniato, sacaba los pedazos chorreando almíbar y los echaba en su 
plato. 

Siempre que mis hermanas subían a mi altillo se ponía al pie de la 
escalera para verlas mientras subían. Tenía unos ojos negros 
inmensos que se le llenaban de lágrimas cuando se reía de los 
cuentos de Colling. En su casa comían mucho y con vino. Una vez lo 
vi en un estado impresionante. Estábamos con Colling en los bajos 
del Templo Evangelista, donde preparaban largas mesas para un 
banquete. Después que invitaron a Colling y éste rehusó y cuando la 
presidenta de la comisión se hubo retirado, el lazarillo, con los ojos 
desorbitados se prendía del sobretodo de Colling y con 
desesperación salvaje le gritaba “aproveche, aproveche maestro”. 

Colling tomaba mucho, pero jamás puede decirse que se le notara 
el más insignificante síntoma de ebriedad. Tomaba fuera de casa 
porque Petrona le sacaba las botellas de caña. Primero él las escondía 
-en el roperito, debajo de la cama, etc. Después Petrona, con su viejo 
procedimiento les cambiaba la caña por agua; y él con el suyo, 
después las traía de afuera con agua. 

Una mañana creí que estaba muerto. Era el mediodía y no se había 
levantado. El lazarillo esperaba con tanta inmovilidad como el perro 
de los discos Víctor que escuchaba la voz del amo. Cuando lo fui a 
despertar estaba amoratado y no le oía la respiración. Tampoco lo 
podía dar vuelta porque como el centro de su cama casi tocaba en el 
piso, dormía casi sentado. Entonces, después, le rogué que no tomara 
mucho porque yo tenía miedo. Y él lo aceptó de muy buena manera. 
También le dije que si después del próximo concierto se compraba 
un colchón, nosotros le arreglaríamos la cama. También aceptó 
bañarse y ropa interior. Después del baño tenía el pelo blanco y nos 
acercábamos y lo tomábamos del brazo como en una reconciliación 


58 



que había sido precedida por un largo resentimiento. Él me confesó 
que estaba incómodo porque se había puesto no sé qué ropa con la 
abertura para atrás. Después decía que se bañaba en “La Sagrada 
Familia” -el colegio donde iba a comer. Y creo que hasta llegó a 
dormir algunas noches sin zapatos. Pero ésa fue la época de su última 
tentativa con el mundo de la higiene. 

Así como el sentido de lo nuevo -cuando yo llegaba a un país que 
no conocía- de pronto se me presentaba en eiertos objetos -las 
formas de las cajas de cigarrillos y fósforos, el color de los tranvías (y 
no siempre el espíritu muy diferenciado de las gentes)- Colling me 
dio un sentido nuevo de la vida con muchas clases de objetos. Yo 
observaba sus hechos, sus sentimientos, el ritmo de sus instantes, 
como otros objetos, o con sorpresa de objetos. Una noche yo iba 
subiendo la escalera y en una oscuridad densa él trabajaba en el cajón 
de su mesa. En cada uno de los cuatro rincones tenía una pila de 
figuritas de eajas de fósforos y en eada figurita habla una fórmula de 
armonía hecha en puntos. Hacía con ellos combinaciones que nunca 
pude comprender. Él me deeía que en un rincón estaba la música de 
cámara, en otro la de ópera, en otro la de instrumentistas y en otro 
música sinfónica. Esa noche había hecho tan extrañas 
combinaciones, que llegó a decirme: “¿Sabe una cosa? Que tiene 
razón Stravinski, Prokófiev, Ud. y todos los locos como Ud.”. Antes 
había sido muy enemigo de ellos. Otras veces escribía en la pizarra de 
puntos -algo complicada de explicar- y decía que eran novelas de 
apaches; que eran como las de Tit-Bits de aquí; y que con eso había 
ayudado a vivir a los hijos en Paris. Otra vez, después que yo vine de 
una eiudad lejana donde iba una vez por mes a ver una novia, él me 
había dicho: “Ud. va a buscar la belleza fuera de aqui teniéndola en su 
propia casa; si yo tuviera unos años menos le arreglarla las euentas”. 
Se referia a mi hermana mayor, la de “Pobre María”, la que le leía. Yo 


59 



contestaba con una sonrisa que él no veía. Debo haber sonreído así la 
última vez que lo vi, cuando nos mudamos nuevamente de casa, a 
una de los suburbios y él se acomodaría en otra del centro. Ya en la 
vereda, cuando cerrábamos la casa vacía, me contaba otro hecho en 
que su poca higiene había llegado al colmo. El lazarillo se reía y yo 
debo haber hecho la sonrisa. Después me fui a otra ciudad lejana. Y 
cuando vine, después de un año, me dijeron que había muerto en el 
Hospital Pasteur, a consecuencia de la bebida. En realidad nunca 
supe a consecuencia de qué había muerto. En el momento en que me 
lo dijeron, era un poco después de cenar. Y recuerdo que paseando 
debajo de grandes árboles, pensé -como se suele pensar en esos 
casos- en la edad que tendría al morir: tendría cincuenta años, 
porque dentro del año en que vivió en casa cumplió los cuarenta y 
nueve. Después pensé en su misterio. 

Si alguna vez fui llamado o hice un movimiento instintivo hacia 
otra persona cuando el misterio de ella me hacía alguna seña y esa 
seña era desconocida por la misma persona, yo me sentía tentado a 
seguir una pista como escondiéndome entre árboles; y sintiendo con 
ternura lo pequeños que seríamos bajo tan inmensos árboles. Cuando 
Colling empezó a vivir en casa, me encontré con que su misterio 
estaba lleno de señas y de pistas; pero no era necesario seguirlas: 
ellas desfilaban por mi contemplación; y también concurrían o 
pasaban otras cosas. Como si en aquella noche de los árboles, yo 
olvidara la pista, mirara los troncos, oyera el viento en las copas, 
mirara cómo las ramas se juntaban y se separaban bajo cielo con 
estrellas, pensara que las hojas, por más murmullo que hicieran no se 
dirían nada. Y cosas por el estilo. 

Cuando Colling vino a casa, aquellas ideas que se amontonaban y 
hacían conceptos y provocaban sentimientos de desilusión, no 
ocupaban toda la persona de Colling: no se extendían por todo su 
misterio ni tampoco desaparecían del todo: los conceptos y las 


60 



desilusiones eran unas de las tantas eosas que entraban en el misterio 
de Colling. No sólo el misterio se haeía intraseendente sino que 
necesitaba que entraran ideas traseendentes. Pero éstas eran una 
cosa más: objetos, hechos, sentimientos, ideas, todos eran elementos 
del misterio; y en cada instante de vivir, el misterio acomodaba todo 
de la más extraña manera. En esa extraña reunión de elementos de 
un instante, un objeto venía a quedar al lado de una idea -a lo mejor 
ninguno de los dos había tenido ninguna relación antes ni la tendrían 
después-; una cosa quieta venía a quedar al lado de una que se 
movía; otras cosas llegaban, se iban, interrumpían, sorprendían, eran 
comprendidas o incomprensibles o la reunión se deshacía. De pronto 
el misterio tenía inesperados movimientos; entonees pensaba que el 
alma del misterio sería un movimiento que se disfrazara de distintas 
cosas: hechos, sentimientos, ideas; pero de pronto el movimiento se 
disfrazaba de eosa quieta y era un objeto extraño que sorprendía por 
su inmovilidad. De pronto no sólo los objetos tenían detrás una 
sombra, sino que también los hechos, los sentimientos y las ideas 
tenían una sombra. Y nunca se sabía bien cuándo aparecía ni dónde 
se coloeaba. Pero si pensaba que la sombra era una seña del misterio, 
después me encontraba con que el misterio y su sombra andaban 
perdidos, distraídos, indiferentes, sin inteneiones que los unieran. Y 
así el misterio de Colling llegó a ser un misterio abandonado. Pero 
desde aquellos tiempos hasta ahora, el misterio ha vivido y ha 
creeido en los reeuerdos. Y vuelve a venir en muehos instantes y en 
formas inesperadas. Ahora recuerdo a una de las longevas, la que 
salía a hacer visitas. Tenía un agujero grande en un lugar del tul; y 
cuando venía a casa se arreglaba el tul de manera que el agujero 
grande quedara en la boca. Y por allí metía la bombilla del mate. 


61